
Por Benji Porras
Sobre la vida de un hombre hay mucho que decir y resumirla con elocuencia es un reto que podría perderse con facilidad. El príncipe de Nanawa (2025) sigue a Angel Stegmayer durante diez años y los condensa en 200 minutos sin descarrilarse. El documental mantiene la atención del espectador gracias a un componente que ordena el relato de forma sutil, dominante e hipnótica: lo fronterizo. Podemos advertirlo desde el título, que sitúa al protagonista necesariamente en relación con otro elemento: Nanawa. Una ciudad paraguaya que colinda con Argentina y que, además de ser el principal paso peatonal entre ambos países, se convierte aquí en metáfora de otros límites: entre edades, oficios, formatos y formas de concebir y estar en el mundo.
La cinta, que participó en la Competencia Latinoamericana de Documental del Festival de Cine de Lima, inicia con un plano fijo —uno de los pocos en la obra— del puente que une a ambos países divididos por un río. Luego pasamos a un plano dentro del puente y después a una señora siendo entrevistada respecto a la segregación que hay del español hacia el guaraní. El mismo Angel, de 9 años, termina declarando que no entiende por qué le prohíben hablar guaraní en el colegio. Es decir, pasamos de la imagen estática de la frontera a estar dentro de ella y comprobar su movimiento, su tráfico; y en seguida a superponerla a otros aspectos de la vida, como la lengua. De esta forma, desde el principio se nos presenta a la idea del “borde” como una línea problemática con agencia sobre las personas y en particular sobre el protagonista. No obstante, tras el visionado completo del metraje se podría apuntar hacia otro dispositivo como eje estructurador: la consciencia de la cámara y la consiguiente performatividad ante ella. Es decir, que no sería lo fronterizo sino la actitud frente a la propia película lo que la organiza. Esta objeción tiene fundamentos y nos ocuparemos de ella.
La directora Clarisa Navas y su equipo residen en Argentina y lejos de la frontera. Este inconveniente derivó en una decisión técnica que marca profundamente el resultado. A los 10 años, el protagonista recibe una cámara para grabar lo que le considere relevante. Así, durante el film veremos material captado por el mismo Angel y grabaciones hechas por el equipo de producción en visitas periódicas a Nanawa. Es en las primeras imágenes donde se hace evidente que el niño no solo es él es su vida diaria, sino que es él en relación a la cámara: hablando directamente al lente como si fuera un vlog, encuadrando lo que le interesa durante un paseo o eligiendo una puesta en escena, como cuando ordena las sillas de su sala para saltar sobre ellas. Estas elecciones ponen de manifiesto la consciencia que existe sobre esta otra mirada, la de la película.
Pero lejos de quedarse en decisiones formales, la influencia de la cámara condiciona el comportamiento del protagonista desde el inicio. Cuando Navas le da la cámara a Angel, le entrega además una responsabilidad: “No creo en los adultos, pero sí en vos. Desde tu mirada se puede reorganizar al mundo”, le dice. Esto no solo es una declaración que marca la ética del documental, sino que además la visión que Stegmayer tendrá de sí mismo y con la que romperá eventualmente: la de un niño que puede cambiar el futuro. Y queda plasmado así cuando en la escena que sigue, Angel, aparentemente solo, le reclama a un grupo de hombres en la calle por “piropear” a una chica; y por su voz nerviosa y su encuadre del piso podemos palpar que ese reclamo, aunque coherente con sus valores, viene impulsado por una misión dada por la cámara.
Esa construcción de un yo a partir del reflejo (la imagen que la cámara le devuelve de sí mismo) es clave, pero está sujeta a otro dispositivo: el cruce de límites, de formas. Primero, desde un aspecto formal. Como apuntamos antes, las imágenes se dividen entre las captadas por Angel y las captadas por el equipo de Clarisa. Las primeras tienen siempre un marco grueso de pantalla negra que las rodea, mientras que las segundas ocupan toda la pantalla. Esto no solo contextualiza la diferencia en la capacidad y formatos de las cámaras sino que sirve para marcar el constante pase de una mirada a otra.
Asimismo, desde un punto de vista de contenido, la película establece una jerarquía entre ambos elementos. En las imágenes que capta Navas existen, por lo menos, tres escenas clave que son registro puro, escenas en las que el protagonista no tiene consciencia del lente. Una donde, aún pre adolescente, duerme luego de contar cómo vivió la muerte de su padre. Otra donde, ya de 16, vemos la pantalla en negro y escuchamos audios de Whatsapp en los que evade al equipo y pone en peligro su amistad y la película. Y una más, que posiblemente sea la escena más hermosa de todo el metraje, en la que celebra su cumpleaños 12 en una cochera sin tarrajear y sentados en círculo, de madrugada, él y sus amigos entonan casi depresivos “Amorfoda” de Bad Bunny. Y mientras declaran al unísono “No quiero que más nadie me hable de amor”, vemos cómo una de las niñas, la misma que escenas antes conducía una motocicleta por las calles de Nanawa, esta vez maneja en círculos una bicicleta alrededor de todos ellos mientras la luz se enciende y se apaga.
En estos tres momentos no importa si la consciencia de la cámara queda fuera porque sucede algo más importante delante, se transgreden límites: la vida y la muerte, la amistad y el olvido, la inocencia y la adultez. Y en esta ejecución se dota de mayor significado a ese cruce de fronteras más que a cualquier otro recurso.
Ahora, desde un enfoque psicoanalítico esto termina por fundamentarse. Como ya establecimos, Angel no es un espectador pasivo sino que construye su identidad a partir de lo que la cámara refleja (le exige). Lacan señala que un niño, incluso antes de poder pararse, ya le presta atención a su reflejo, pues ve en él una imagen completa, una imagen ideal de sí mismo; y entonces construye una idea del “yo” unificado para ser coherente y parecerse a eso que ve. Acá es necesario un inciso. Este enfoque no se aplica pensando en el Angel Stegmayer que existe por fuera del documental, sino en el presentado en el texto fílmico, y al que, por seguir diez años, es hasta necesario enmarcar con una teoría que hable de la formación de la identidad.
Retomando, la imagen fundante que el protagonista ve de sí mismo, está dada por la directora al momento que le entrega la cámara. Y en ese mismo instante delega al objeto su función reflectora. “Tu mirada puede reordenar al mundo” es una identidad pesada de cargar, pero el optimismo y carisma de Angel hacen parecer que dicha meta es posible. Sin embargo, como advierte Lacan, esa imagen armónica que el niño tiene de sí es una ficción, y el protagonista al descubrir esa frontera que separa al “yo real” del “yo especular” decide rechazar el espejo con un gesto que se traduce en dos decisiones formales: un intermedio de diez minutos que divide al largometraje en dos partes —y que no deja de ser un limbo simbólico— y el cese de imágenes captadas por Angel a los pocos minutos de iniciada la segunda parte.
Este cambio, no implica un giro en la personalidad optimista ni la impronta amable del personaje, pero sí un reconocimiento de esa brecha entre sus aspiraciones infantiles y su realidad prematuramente adulta (trabajo adolescente, contrabando, inundaciones, convivencia en pareja), en gran medida determinada por Nanawa. Brecha con la que termina reconciliándose cruzando el puente donde lo conocimos, esta vez con su hijo en brazos.
Podemos afirmar, entonces, que en esta obra de perspicacia y sensibilidad tremendas, la performatividad resulta decisiva en la historia de Ángel y en la propia película. Sin embargo, no es central en tanto se subordina a un mecanismo mayor que los contiene, los moldea, los somete y, finalmente, los consagra: la frontera.
Competencia internacional de documental
El príncipe de Nanawa
Dirección: Clarisa Navas
Guion: Clarisa Navas
Fotografía: Lucas Olivares
Edición: Florencia Gomez Garcia
Sonido: Mercedes Gaviria
Producción: Eugenia Campos Guevara
Participantes: Ángel Omar Stegmayer Caballero, Fabiana Centurion, Luci Caballero, Liz Haedo, Clarisa Navas, Lucas Olivares
Argentina, Paraguay, Colombia, 2025, 212 min