
Por Mónica Delgado
Tales of the Wounded Land del cineasta iraquí Abbas Fahdel tiene todos los elementos para ser considerada como una “película necesaria”. No solo porque se vive en la actualidad un contexto de ocupación y genocidio en Gaza, situación ante el cual el film cumple un rol de espejo o eco ante la imposibilidad de abordar esta problemática directamente, y porque contiene un valor que amplifica su importancia: aborda un tema relevante en torno a las injusticias, desaparición, violación de derechos humanos, memoria histórica, identidades marginadas, etc., a partir de un ataque de Israel a Líbano; funciona como denuncia o canal de visibilización, permite dar voz a comunidades y conflictos silenciados, y porque busca exhibirse dentro de entornos polarizados para reforzar, pese a ello, valores de empatía, solidaridad, justicia o dignidad. Sin embargo, su valor es sobre todo estético político, donde las imágenes y puntos de vista que elige definen el tratamiento ético sobre esta tragedia humana.
Durante la proyección para prensa durante el Festival de Locarno hubo abucheo al final del film. También hubo algunos aplausos discretos, por no decir que fueron producto de tres o cuatro personas que lo hicieron heroicamente cuando la lista de créditos finales estuvo por la mitad. Quizás en otro contexto la película de Fahdel hubiera despertado arengas, frases de apoyo, aplausos más contundentes y un claro abrazo a la causa Palestina. Pero siendo sinceros, no se podía esperar mucho del clima de una función de prensa, espacios para la crítica apática, aburrida, cansada, que quizás buscaba un oasis ante los 40° del exterior sin aire acondicionado; más aún si se daba en el marco de un festival ubicado en una ciudad de veraneo en Suiza y caracterizada por ser lugar de descanso de jubilados millonarios. Aunque se tiene que rescatar que la organización del festival si superó las expectativas no solo al programar en la sección más importante a los films de Fahdel y Aljafari, sino al brindar un apoyo solidario tanto en la ceremonia de inauguración como en diversos actos de presentación, sobre todo de películas de Asia o Medio Oriente. Gaza no se olvidó en esta edición de Locarno.
En la película de Fahdel, a diferencia de otras obras llenas de sutilezas o discursos a media voz, se responsabiliza abiertamente a Israel de la ocupación y genocidio. Es el gesto más revolucionario de su película, puesto que no lo suscribe solamente él como cineasta sino que es parte del espíritu que enuncian los sobrevivientes en una ciudad devastada. Defender la dignidad de un país se materializa con la denominación de sus enemigos. Así, se deja en claro que el cineasta hace su película para incomodar, reclamar, conmover, dar voz, puesto que a partir de los fake news, la posverdad y el silenciamiento, los héroes de los territorios pueden ser vistos como terroristas en otros contextos. Por ello, Tales of the Wounded Land abre y cierra con imágenes de un pueblo que despide a sus muertos, no como víctimas sino como mártires. Los mártires del Hezbolá en el pueblo de Aitaroun, y las comunidades que reclaman dignidad y respeto a las luchas.
Tales of the Wounded Land comienza con planos cenitales desde un dron, que permite ver el panorama de la destrucción. Kilómetros de casas bombardeadas, calles en ruinas y personas acompañando los ataúdes de los caídos. Esta despedida multitudinaria, de hombres, mujeres y niños, es retomada para cerrar el film. Se trata de una apertura y epílogo visual, ya que unos versos escritos en árabe (traducidos al inglés), en pantalla negra, del cual se extrae el nombre del film, se convierten en la intro y final. Por otro lado, este uso del dron, desde esta mirada desde el cielo, de un tipo de deidad que todo lo gobierna, se va imponiendo al final de cuentas, desde este aparato que se monitorea desde tierra, como un mecanismo que separa los puntos de vista. Entre las escenas realizadas con dron (como inicio y fin) están las tomas registradas por el propio cineasta, desde su intimidad o cercanía familiar, a partir del seguimiento de algunas actividades de su esposa Nour e hija Camille, tras el retorno a la ciudad devastada, luego del cese al fuego en el sur de Líbano. Y así es que el film se va configurando a partir de este paréntesis para la reflexión: desde el seguimiento a los dos personajes, yendo en el auto, buscando casas de amigas por zonas bombardeadas, visitando a familiares que lo perdieron todo, yendo a hacer compras a los mercados que aún sobreviven; conversando sobre el futuro, sobre la memoria, sobre la guerra, sobre la desaparición en medio de las ruinas.
En varias escenas la pequeña Camille interpela al padre, quien siempre está fuera de campo, grabando, registrándola, sin decir una palabra. Quizás se pueda echar de menos el rol “externo” que tiene Fahdel en todo momento. Es un hombre-cámara que sigue a Nour y a Camilla por las calles derruidas. Su devoción por un tipo de cine directo se percibe como un alejamiento voluntario de la dinámica familiar. Por un lado, como pasa en algunos films previos de Fahdel, el apego al cine documental observacional que busca la máxima transparencia, registra esta realidad teniendo a la cámara como testigo silencioso. Y por otro, están algunos diálogos que revelan al “filmador”, puesto que mencionan que el padre no debe ser molestado mientras graba o de que se trata de un esposo que siempre se le ve con su cámara o grabando, como menciona uno de los vendedores del mercadillo. Este contrato, del padre grabando, y la madre y la hija ante cámaras, desplaza aún más al realizador de la escena, lo cual refuerza la intención de lograr esa pureza del registro observacional. Fahdel se convierte en un mediador extremo: sostiene la cámara, capta los gestos, los tonos de voz, las miradas y los silencios, evita los juegos, evade que lo nombren, que lo sientan, pues su meta es no introducir su subjetividad de manera evidente. Su mirada está, inevitablemente, en la selección del encuadre, en el fin de cada toma, en el ritmo de algunos pasajes, sin intervenir en las entrevistas o conversaciones de Nour. El contexto del conflicto vuelve esta estrategia particularmente potente. El espectador no recibe la explicación de un narrador omnisciente ni el análisis racional de un experto, sino la vivencia inmediata de quienes participan en las conversaciones con Nour, a quien le confiesan sus posibilidades de esperanza, ante todo. De este modo, Tales of the Wounded Land adquiere un carácter doblemente íntimo: por un lado, refleja la cotidianidad de una pequeña familia atravesada por este suceso; y por otro, manifiesta la tensión entre lo personal y lo colectivo (inmersa en el duelo y la resistencia). La elección de no intervenir convierte la obra en un espejo de la realidad tal como se desarrolla, sin filtros aparentes.
Presentada como una extensión de su anterior film Tales of the Purple House (2022), Fahdel nos propone en este nuevo documental un regreso a la observación como una forma de proponer la verdad (o verdades) ante los bloqueos mediáticos o mentiras transmitidas en streaming o por las redes sociales. Y que le hayan dado el premio a mejor dirección en el festival de Locarno, donde tuvo su estreno mundial, confirma que los hechos efectivamente hablan por sí mismos, y que los deseos de libertad se abren paso pese al dolor e intentos de desaparición.
Competencia internacional
Tales of the Wounded Land
Dirección, fotografía y edición: Abbas Fahdel
Productor: Nour Ballouk
Líbano, 2025, 120 min