
Por Mónica Delgado
Dentro de las opciones formales y dramáticas de Zafari, el reciente film de la cineasta venezolana radicada en Lima, Mariana Rondón, se puede identificar una mezcla de abordajes de un tipo de cine contemporáneo que gira en torno a la representación de una sociedad sostenida por la crueldad. A diferencia de la corriente narrativa de un cine europeo de finales del siglo XX e inicios del siglo XXI que busca confrontar a los espectadores con experiencias extremas de violencia física, psicológica o emocional, mostrando sin concesiones la fragilidad de los cuerpos y la crudeza de las relaciones humanas, aquí hay una reactualización de este tratamiento, pero a partir de un contexto político latinoamericano específico: la situación política en Venezuela. Es decir, la presencia de un móvil de la actualidad.
Un edificio de clase media, con piscina y departamentos amplios, colinda con un zoológico venido a menos y con otro edificio a medio construir, donde habitan personas de clase social baja y precaria. En este edificio vive Ana, Edgar y su hijo Bruno, quienes desde su posición jerárquica, de clase y de espacio (se ubican en una posición alta en comparación a los otros dos lugares) observan desde su ventana tanto a los animales como a los vecinos empobrecidos. Ana (la actriz Daniela Ramirez) se las ingenia para conseguir comida tras incursionar clandestinamente en los otros departamentos, mientras la presencia de un hipopótamo recién llegado al zoológico instala un nuevo objeto de deseo en ese ámbito enrarecido donde se compite por comida.
La lectura que hace la cineasta de esa realidad -de la mano de la guionista y cineasta Marité Ugás, pasa por utilizar componentes de la fábula social (que tiene ecos con otro film peruano, Cuadrilátero de Daniel Rodriguez Risco). No hay realismo válido en la construcción de estos espacios (no es claramente Venezuela) ni en el diseño mismo de los personajes, quienes revelan con sus diálogos, miradas y movimientos una coreografía que genera una dimensión vertical, donde los de arriba y los de abajo, pese a todo, se encuentran en la misma degradación y pulsión animal. Por ello, el punto de vista del film parte de los personajes privilegiados -sobre todo desde la mirada de Ana- quienes ven con desesperación que la liberación de sus pulsiones se iguala a las del mundo de abajo. Así, Zafari se proyecta como una obra que persigue este proceso de transformación de sus personajes, pero a su vez toma una posición sobre quiénes deben permanecer humanizados.
Esta manera de construir un mundo decadente, donde hay un deterioro físico y moral, no es nuevo. Como sucede con films referentes como Dogtooth (2009) de Yorgos Lanthimos o incluso El castillo de la pureza (1972) de Arturo Ripstein, la cineasta Rondón diseña una arcadia para el descenso a los infiernos, donde los personajes, atrapados y alienados, van transformándose en un proceso de animalización (o deshumanización). Para la autora este proceso solo es posible desde aquello que organiza el modus vivendi de los personajes: un entorno extremo de escasez, donde la privación de una alimentación adecuada, agua y luz, y de acceso a otros recursos dispara cuestionamientos de tipo moral. La crueldad emerge como posibilidad de supervivencia para el lumpemproletariado y como categoría diferenciadora entre los que caen en la alucinación del hambre y los que no.
El inicio, marcado por la mirada de esta familia, quien desde su departamento mira a su alrededor, usando binoculares, produce un statement del tratamiento: mirar a un hipopótamo tiene la misma intención que mirar a los vecinos pobres. No importa en sí la crisis económica o seguir con las expectativas de viajar a algún lugar fuera del país, sino el hecho de mantenerse distanciados de esta plebe, que escucha reguetón y que vive sin mucha ambición. De esta manera, se plantea una simpatía por estos personajes que miran por encima del hombro a los demás, y que incluso encuentran, al final de cuentas, un tipo de salvación, que evita esta conversión. Y en este sentido, el film no plantea solo un panorama de las relaciones entre vecinos en este clima de hambre, sino que elige una postura sobre quiénes deben escapar de este submundo.
Tras haber pasado por festivales como San Sebastián, Biarritz o CineLatinoTolousse, y estrenado en Perú en el Festival de Lima, Zafari plantea su posición sobre una realidad política convulsa, desde este proceso de animalización desangelado como la única vía de supervivencia, en una tierra salvaje y de nadie. Por ello, escenas donde el edificio deviene en una suerte de nuevo zoológico, aquellos personajes que no resisten este proceso tienen la posibilidad del escape. Así la premisa final del film propone la fábula de un país convertido en un bestiario como condena.
Competencia Latinoamericana Ficción
Zafari
Dirección: Mariana Rondón
Guion: Mariana Rondón y Marité Ugás
Fotografía: Alfredo Altamirano
Edición: Isabela Monteiro de Castro
Sonido: Lena Esquenazi
Música: Pauchi Sasaki
Producción: Marité Ugás
Reparto:Daniela Ramirez, Francisco Denis, Varek La Rosa, Samantha Castillo, Claret Quea, Beto Benites
Perú, México, Brasil, Francia, Chile, República Dominicana, Venezuela, 2024, 100 min