
Por Laura Arias
El cielo
El cine, como pocos oficios, es un ejercicio de peregrinación. Movilizados por una fervorosa pasión, viajamos para recibir la gracia divina que portan las imágenes. Cada lugar y su programación ofrece una experiencia distinta, sin embargo, Il Cinema Ritrovato promete el cielo: “The Cinephiles’ Heaven”, anuncia una de sus secciones. Durante una semana, la Cineteca de Bolonia acoge a cientos de cinéfilos que, como yo, llegan deseosos a recibir el misterio de un cielo inabarcable; más de quinientas películas recuperadas y restauradas que hacen del festival el mayor (re)encuentro con la historia del cine.
Contrario al imaginario religioso, este paraíso italiano luce de un color rojizo. Sus fachadas de arcilla y ladrillo, varían en una extensa gama de ocre. No en vano uno de sus apodos es “Bolonia la Rossa” (roja) que, además de la paleta de colores, alude a su tradición política de izquierda. Con la energía y vitalidad de una ciudad universitaria —la primera del mundo occidental— Bolonia es uno de los bastiones de resistencia ante el avance de la extrema derecha en Italia.
A las afueras del Cinema Jolly, después de la proyección de Easy Living (1937) de Mitchell Leisen, tuvo lugar una marcha contra el racismo (en la foto superior). En medio de las consignas en defensa de los migrantes, y la bandera de Mali ondenado, se confundían los asistentes del festival con su totebags y acreditación colgada al cuello. A la protagonista de la película le cae un abrigo del cielo. Gracias a este milagroso gesto, la joven interpretada por Jean Arthur conoce a un banquero de Wall Street que, tras una serie de enredos amorosos y financieros, le cambia su fortuna para siempre. A pesar de ser una gran screwball comedy, los cánticos antifascistas que inundaban la avenida eran un recordatorio de que afuera de la sala, en el orden sociopolítico actual, las preocupaciones no se resuelven tan fácilmente.
Fuera del casco histórico (valga decir que es uno de los más grandes de Europa), la arquitectura —probablemente diseñada durante la segunda mitad del siglo XX— hacen que por momentos Bolonia se confunda con el centro de cualquier capital latinoamericana. Caminando por la zona universitaria, cuyas calles hacían parte de mi recorrido diario hacia las salas, me encontré con un mural con los rostros de Bolívar, Sandino y Fidel, entre muchos otros. Aunque fue una sorpresa ver este homenaje, las palabras de José Martí le dan un lugar a las luchas históricas de ambos territorios: “los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos”. Sin embargo, en las mismas calles de esta ciudad combativa, también me encontré con expresiones de racismo por parte de un “colega” del norte global. Uno de ciertos críticos y programadores que se congracia con los cines de nuestras latitudes, pero que al final del día se burla de frente de nuestra idiosincrasia, no nos permite sentarnos en la misma mesa, sino que nos segrega: una para ellos, otra para nosotros: “los latinos”.

Este año, el “Cielo de los cinéfilos” está presidido por una retrospectiva a Barbara Stanwyck, la gran estrella de Hollywood cuyo rostro también es el póster oficial. Junto a ella se encuentran el cine de Mitchell Leisen, Luchino Visconti y uno de los ejes centrales del festival: la sección Recuperado y restaurado. Fuera del Paraíso, ocurre una larga peregrinación por el espacio-tiempo a través de las otras dos grandes secciones: La máquina del tiempo y La máquina del espacio. Bajo esta lógica, el festival invita a desplazarse no sólo hacia el pasado, sino también a otras latitudes y geografías.
Dentro de La máquina del espacio, Report to Mother de John Abraham (1985), ofrece una pequeña pista de cómo abarcar este extenso recorrido. En lo que podría considerarse una walk-movie, el acto de caminar es el núcleo central de la narrativa. Purushan emprende un viaje por la India para llevar la noticia a una madre de que su hijo ha muerto. A lo largo del trayecto, se encuentra con amigos o conocidos del difunto que deciden sumarse a este propósito. La película presenta una comunidad en expansión; una red de afectos y solidaridades que se construye durante la marcha. Al pasar por cada hogar, además de recibir comida y cobijo, nuevos hombres brindan su cuerpo y sus piernas para sumarse a la larga peregrinación. Cada uno pone a disposición lo que tiene a su alcance para ayudar al grupo a continuar su recorrido.
Durante la extensa caminata, la película deja entrever el clima político del país durante los años setenta. Mientras buscan a la madre, los personajes se enfrentan a la censura, discuten sobre organización política y, en una de las escenas más memorables, bailan al ritmo de los cánticos de “Free Free Nelson Mandela”. Gracias a este gran recibimiento colectivo, el grupo alcanza casi los 17 integrantes. El verdadero acontecimiento no es la muerte que motiva el recorrido, sino la posibilidad de encontrarse para —caminando— alcanzar un destino común.

La muerte
Para llegar al cielo, hay que pasar por la muerte. En esta ocasión, a pesar de sus diferencias geográficas y temporales, gran parte de las películas que vi durante el festival coincidían en el mismo punto. Una vez que Purushan y sus compañeros cumplen con su objetivo: anunciar la llegada de la muerte, Mitchell Leisen permite verla a los ojos. En Death takes a holiday (1934) le concede la apariencia de un cuerpo humano para que pueda tomarse unos días de vacaciones.
En esta película, libre de sus obligaciones, La muerte decide pasar el fin de semana con un grupo de burgueses que, entre fiestas y cenas lujosas, lo introducen en los placeres terrenales. Leisen sobreimpresiona un primer plano del rostro de La muerte con periódicos y titulares de noticias. Se muestra cómo, durante su ausencia, los decesos desaparecen por completo y las grandes tragedias dejan de serlo. Sin embargo, ninguno de los huéspedes que le acompañan puede enterarse de su verdadera identidad. Cuando, motivados por la sospecha, intentan averiguarlo, La muerte los reta; pide que le miren directamente a los ojos. Pero, en ese intento de reconocimiento, el rostro humano de la muerte, filmado otra vez en un primer plano, se desenfoca por completo.
Al terminar las vacaciones, cuando llega el momento de recuperar su verdadera forma, la muerte se convierte en una larga sombra que se funde en la imagen. No obstante, aunque ha abandonado su aspecto humano y en pantalla aparece la palabra Fin, pareciera que la muerte sigue rondando. Después de varias funciones, nos envuelve en un complejo debate metafísico porque, al fin y al cabo, el cine siempre ha sido un artefacto para invocar fantasmas. Pese a que el propósito del festival es recuperar películas y traerlas de nuevo a la vida, la muerte aguarda pacientemente para llevárselas de nuevo. Cuando el proyector se apaga y la pantalla se pone en negro, la sombra recupera aquello que le pertenece. Sin embargo, no todas las imágenes regresan al mismo lugar. Las historias más dolorosas, atravesadas por la violencia y la crueldad, se encuentran fuera del paraíso idílico donde descansan en paz Leisen y Stanwyck. Más allá de los finales felices y deslumbrantes de Hollywood, cuando llega el desenlace, estas otras se dirigen hacia una especie de purgatorio donde son obligadas a deambular entre las tinieblas.
Dentro de La máquina del espacio una de las retrospectivas estaba dedicada al cineasta indio Ritwik Ghatak. La presentación de Subarnarekha (1965) en el Cinema Lumiere estuvo a cargo de la programadora Sanghita Sen. Después de enseñarnos con gran pasión el nombre de la película tatuado en su brazo, sentenció sin temor alguno que era la mejor película de la historia del cine. No me atrevo a contrariarla. De acuerdo con Sen, estuvo olvidada durante mucho tiempo y no se pudo proyectar en Cannes durante su estreno internacional debido a la negativa del gobierno a financiar la traducción de los subtítulos. A las afueras del Paraíso, Subarnarekha hace un extenso recorrido de casi cuarenta años que revela las heridas provocadas por la partición de India en 1947. Sigue la vida de una familia de refugiados quienes, en la búsqueda de “la tierra prometida” y un lugar al cual poder llamar hogar, llegan al territorio que da nombre a la película: el río Subarnarekha. Traducida al español como El hilo dorado, la película también es una larga tragedia en la que la muerte es protagonista.
En este retrato, la familia debe enfrentarse a una compleja red de dificultades que parece extenderse infinitamente. En uno de los momentos más devastadores, somos testigos del suicidio de Sita, una de las niñas que crece a lo largo de la película. Al igual que en Death Takes a Holiday, la muerte encuentra en el lenguaje cinematográfico la forma de hacerse visible ante los espectadores. Obligada por la pobreza, Sita decide cantar a cambio de dinero. Inesperadamente, el primer cliente es su hermano mayor, de quien perdió contacto hace muchos años. Mientras que a Ishwar, nublado por el alcohol, le cuesta reconocer a su hermana, la cámara juega a enfocar y desenfocar ambos rostros. Cuando finalmente logran reconocerse y la mirada se posa fija en un primer plano, con lo que parece ser un machete, Sita se quita la vida en frente de su hermano.
Junto a Ghatak, en la deriva de geografías, se encuentra Weighed But Found Wanting (1974) del cineasta filipino Lino Brocka, cuya última escena acontece en un cementerio. La película retrata la fatídica relación de Berto y Kuala, una pareja marginalizada por padecer lepra y problemas mentales, respectivamente. Durante la escena final, en una resolución fatídica, Kuala da a luz a su hijo mientras Berto es asesinado. Minutos antes, tras negarle el derecho a ser padre a causa de su enfermedad, una muchedumbre furiosa lo había perseguido hasta matarlo. En el último plano, Junior, el único que se ha compadecido de la pareja, toma al bebé huérfano entre sus brazos, y se marcha lentamente por el cementerio mientras la cámara permanece fija. Los espectadores en la sala se suman al tumulto de gente que aún permanece en el encuadre y atestigua en silencio el trabajo de la muerte. Es una imagen desgarradora que exhibe la crueldad que ha padecido la pareja y cuyo fallecimiento parece ser la única salida.
A pesar de las tragedias que atraviesan las tres películas, la muerte también conserva un gesto de benevolencia. Tanto en Subarnarekha como en Weighed But Found Wanting, permite que, antes de marcharse para siempre, los personajes se reconozcan entre sí y recuperen una identidad que parecía perdida. En el primer caso, además de los dos hermanos, Abhiram —uno de los niños huérfanos y futuro esposo de Sita— se encuentra con su madre cuando ésta agoniza. En un primer plano, ella le revela la casta a la que pertenecía antes de ser separado de su familia. Por su parte, Kuala, sumida durante años en un estado de demencia provocado por el trauma, recupera la lucidez después de dar a luz. Instantes antes de morir, reconoce a Junior, a Berto y a su hijo; pronuncia sus nombres por primera vez. En ambos casos, lejos de presentarse únicamente como una fuerza devastadora, la muerte aparece en estas películas también como una instancia de revelación.
La vida
En más de una ocasión, con el calor abrasador, sus fachadas rojizas y las largas caminatas entre una sala y otra, Bolonia puede sentirse como el mismísimo infierno. Sin embargo, a pesar de que el aire acondicionado no da abasto y los abanicos improvisados abundan, también es el lugar idílico para entregarse a la cinefilia. Il Cinema Ritrovato permite experimentar el cine como un estado de comunión; una pasión compartida que mantiene vivas las películas y, de alguna manera, también a quienes nos reunimos a verlas. A diferencia de otros festivales, este carece de un mercado o espacios regidos por la lógica de la industria. Sus acreditaciones —todas con el rostro de Joséphine Baker impreso— no tienen colores o jerarquías de clase. Mientras nos dejamos cautivar una vez más por el cine mudo, el Hollywood clásico o descubrimos cosas que probablemente no veremos en otro lugar, el festival reivindica algo mucho más sencillo: el placer de ver películas.
