
Por Benji Porras
La máquina de escribir y otras fuentes de problemas (2024) se proyectó en el 13° Festival de Cine Francés, que se realizó en Lima. Es la última parte del tríptico documental del realizador francés Nicolas Philibert, donde aborda distintas dimensiones de la atención psiquiátrica en París. Un triple acercamiento al tema es significativo en un país que cuenta con un historial de institucionalización de la salud mental que fue analizado en una obra capital del pensamiento como Historia de la locura en la época clásica (1961) de Michel Foucault. Análisis que dejó una huella profunda en múltiples disciplinas como la filosofía, la historia, la psiquiatría, los estudios culturales y otras.
En su texto, Foucault examina cómo la “locura” ha ido cambiando de estatus simbólico y social desde la edad media hasta el siglo XVIII en Europa. Pasando por connotaciones divinas o proféticas, luego indeseables y merecedoras del exilio, hasta las reprimibles y necesarias de encierro que identifica en el siglo XVII con lo que llamó “El gran confinamiento”. Esto consistió en el internamiento sistemático de enfermos mentales en hospitales, junto con pobres, vagabundos y prostitutas; promovido por el auge del racionalismo y el orden burgués que asociaba la locura con desorden social y moral. Este punto de llegada es importante pues extiende una sombra que nos cubre hasta hoy: la exclusión de la “locura” en la constitución de lo social.
La trilogía de Philibert comienza con En el Adamant (2023), ganadora del Oso de Oro en el Festival de Berlín en 2023, que muestra el día a día en un centro de salud mental muy peculiar: una estructura flotante anclada a las orillas del Sena. Allí reciben a adultos que padecen trastornos mentales, y que ya están medicados, para integrarlos a una especie de pequeña sociedad donde tienen participación y son escuchados. Nunca se especifican sus diagnósticos, pero queda claro que son lo suficientemente graves como para ser marginados por el resto de la sociedad.
La figura de enfermos mentales a bordo de un barco aparece también en el texto de Foucault. “La Nave de los locos” es una imagen literaria y social que representa la expulsión del loco hacia los márgenes, literal o metafóricamente. Foucault la señala como la expresión de una práctica cultural concreta en el renacimiento: en muchas ciudades europeas se documentan expulsiones de locos, se los hacía embarcar o vagar fuera de los muros de la ciudad. En el Adamant retoma hábilmente esta figura y la invierte para convertirla en un espacio de reconexión con el otro. Flotando en el río, los pacientes pueden ser parte de clubes de cine, música, discusión de la actualidad, talleres de costura, pintura o atender la cafetería. Con un argumento narrativo difuso y un ritmo contemplativo, vamos saltando entre planos fijos largos y sin cortes como los del paisaje y sus entrevistas; y otros con más cambios de cámara y leves movimientos de encuadre, como los de sus actividades. Este lenguaje establecido por el film, sitúa al paciente como a un sujeto al que se quiere escuchar y esto da pase a los mejores momentos del documental pues es donde brilla la humanidad de los cuidadores, la de los pacientes y la del espacio flotante.
La segunda entrega, Averroès & Rosa Parks (2024), ahonda en la vida de dos unidades psiquiátricas del hospital Esquirol de París, combinando entrevistas personales con momentos de interacción entre pacientes y cuidadores. Filmada casi en su totalidad en planos fijos y con una duración de 143 minutos donde prima el diálogo, las entrevistas funcionan como un dispositivo que interroga a la estructura, ya que exponen un sistema de salud cada vez más deteriorado y un personal que busca resistir con humanidad.
En La máquina de escribir y otras fuentes de problemas, la película nos lleva por otro espacio, uno más íntimo. Pasamos por cuatro viviendas de pacientes que conocimos en los documentales anteriores. Personas que mantienen cierto grado de autonomía que les permite vivir en libertad vigilada, ya sea en su domicilio o en apartamentos tutelados. Cada uno de ellos tiene un problema doméstico que no puede resolver por su cuenta. Debido a esto “la orquesta” acude para ayudarlos. Este es un grupo de cuidadores que se ofrecen voluntariamente a ir de a dos a la casa de los pacientes que requieran asistencia con alguna dificultad cotidiana.
Al primero que visitan es Patrice, quien está preocupado porque su máquina de escribir no funciona y no puede realizar los dos poemas que crea a diario desde hace años. Luego vemos a Muriel, una adulta mayor que tiene un problema con su reproductor de CD y así perdió a su única compañía desde hace meses. Después vemos a Yvan y Gad, compañeros de piso. El primero es un talentoso pianista que no sabe interactuar con la gente y el segundo un joven sin familia en Francia al que le prohibieron trabajar y no sabe qué sentido darle a su vida. Finalmente, llegamos a Frederic, el más excéntrico y artista de todos, que debe estar acompañado para ordenar su departamento con montañas de libros, revistas, vinilos, o sus abundantes obras.
Pero la misión de “la orquesta” va más allá de reparar objetos u ordenar años de acumulación. No es explícito pero queda claro que estas visitas sirven para tomar noticias y ayudar a las personas a recuperar un poco de impulso, a no perder el contacto. Cuando Muriel se siente sola y compara su pieza en silencio con el corredor de la muerte, cuando dice que nadie en su edificio quiere ser amigo suyo; ella está feliz de recibir a los voluntarios, de ofrecerles café, de regalarles chocolates.
Si Foucault describe cómo la sociedad lanza al loco fuera de sus límites visibles, otros autores muestran cómo ese exilio también puede instalarse dentro del sujeto, volviéndolo incapaz de habitar un espacio común. Para Hegel, la locura es una forma de individualismo, “es la pérdida de la universalidad de la conciencia”, es decir, cuando el sujeto rompe su conexión racional con el mundo exterior, cuando pierde el punto de vista común. Lacan retoma esta connotación para decir que la locura sucede cuando “el otro” no es necesario. Esto quiere decir, muy resumidamente, que si toda persona necesita de un otro para garantizar que una palabra o un acto signifique algo, para el que padece la locura no es necesario nadie más que él mismo para garantizar la realidad. En resumidas cuentas, es alguien que no necesita quien lo escuche.
Para los pacientes que vemos en estos tres documentales, esa necesidad ha renacido, pero nuestra sociedad, como bien describió Foucault, los quiere fuera de sus fronteras. Un pequeño grupo de profesionales, voluntarios e iniciativas se resisten y escuchan. Este tríptico tiene un núcleo claro y conmovedor que resuena en nuestros días a propósito del fallecimiento del Papa Francisco, pues se ha citado especialmente la bendición Urbi et Orbi dirigida a un mundo en confinamiento durante la pandemia: “Nadie se salva solo” (también vigente debido al estreno de la serie El eternauta). En toda la trilogía de Philibert vemos el esfuerzo de pacientes y cuidadores para mantener una conexión con el otro. Para poder reavivar un diálogo, una fluidez, un ritmo entre la persona y el mundo.
La Machine à écrire et autres sources de tracas
Dirección: Nicolas Philibert
Fotografía: Nicolas Philibert, Rémi Jennequin, Pauline Pénichout
Edición: Nicolas Philibert, Janusz Baranek
Sonido directo: François Abdelnour, Erik Ménard, Nicolas Philibert
Diseño sonoro: Emmanuel Croset
Productoras: France Télévisions, Les Films du Losange, Universciné, Ciné+
Francia, 2024, 74 min