
Por Mónica Delgado
A partir de las tendencias implantadas por algunos festivales de peso internacional y comercial, el tema de la migración africana o árabe en diversos films de competencias, abordado sobre todo por cineastas europeos, es un motivo recurrente. Mediterránea (2015) de Jonas Carpignano, pasando por Io Capitano (2023) de Matteo Garrone, Green Border (2023) de Agnieszka Holland o El Salto (2024) de Benito Zambrano, fueron algunos de los films que llamaron la atención de la crítica, ya sea por su abordaje verista o por su vestimenta más “onírica” sobre un tema tan sensible de la política actual. Una de estas películas fue Hope (2014), primer largometraje de Boris Lojkine, estrenado en Cannes, que aborda también los avatares de los migrantes africanos en su deseo de llegar a la tierra prometida: Europa. Esta serie de films buscan cuestionar y hacer un llamado a la reflexión, pero también juegan con la idea de la responsabilidad de este asunto global, muchas veces trasladado a una problemática individualizada, antes que estructural.
Los espacios festivaleros suelen ser espacios ideales para el análisis social de la migración desde la construcción de estas historias de ficción, donde se suele exaltar la crudeza del viaje desde el país de origen con el fin de llegar a alguna parte de Europa; sobre todo a aquellos lugares donde se podría obtener una mejor calidad de vida. “Quería hacer esta película con el deseo de contar esta vivencia desde un ángulo diferente, contar la parte del viaje que, normalmente, no tiene forma visual y no estamos acostumbrados a escuchar, la epopeya del viaje“, así comentó el director italiano Matteo Garrone sobre Io Capitano, quien además es usual participante en festivales de alto nivel, con obras que proponen, como él dice, “ángulos diferentes” y sobre todo desde la sublimación de lo que implica una “epopeya”, un término extraído del imaginario poético y que describe en tono elevado las hazañas épicas de algún héroe. Así como pasa con Garrone, la migración es propuesta por otros cineastas como un acto para la epopeya, para la grandilocencia visceral de hechos ficcionados pero que en la realidad reciben, desde las políticas de estado y otras estrategias migratorias, pura subvaloración humana (quizás solo Sylvain George ha explorado el nivel de brutalidad desde sus documentales a lo largo de varios años).
Ya desde Hope, el cineasta francés Boris Lojkine se interesó por componer desde la ficción (antes había realizado documentales sobre Vietnam) retratos sobre personajes africanos migrantes en crisis. Si en Hope se enfoca en el trayecto de una pareja conformada por una nigeriana y un camerunés hacia las costas europeas (en tono de tragedia), en L’histoire de Souleymane se detiene en los trajines del personaje que da título al film, un repartidor de comida en bicicleta que debe afrontar ya no los avatares del viaje sino aquellos de su supervivencia como persona indocumentada en la París actual. En ambos films, Lojkine plantea dos relatos desde fuera de la oficialidad estatal, es decir, no se concibe dentro de su imaginario un rol protagónico a la estructura que legitima la condición de eternos migrantes desclasados, sino que más bien aparecen los personajes en una realidad donde ellos parecen ser únicos responsables de todo lo que sufren. En estos films, el hecho de migrar y asumir la condición de ser migrantes es un asunto de individuos que solo ellos pueden decidir y resolver.
En su segundo largometraje Camille (2019), que obtuvo el Premio del Público en el Festival de Locarno, Lojkine realiza un biopic de la fotorreportera Camille Lepage, quien murió asesinada en plena guerra civil en República Centroafricana (“ecos” formales y temáticos de este film aparecen en la sobrevalorada Civil War de Alex Garland), mostrando un panorama de la situación crítica en determinados territorios africanos y que pueden leerse como una respuesta ante los usuales contextos históricos que llevan a miles de migrantes a escapar hacia Europa. Al ser un film basado en un hecho real ineludible, el cineasta encuentra en este entorno razones suficientes para extrapolar a la ficción una visión decadente y pesimista de lo que implica vivir en África, un continente donde mujeres blancas como Camille Lepage encuentran la muerte.
Presentada el año pasado en la sección Un Certain Regard en Cannes, y con un recorrido por diversos festivales, L’histoire de Souleymane plantea otra arista dentro del universo sobre África a partir de la visión de un cineasta que se muestra interesado en describir problemáticas de sujetos racializados y migrantes. Esta vez, repitiendo los códigos del realismo social (lejos del insufrible halo poético kitsch de Io Capitano), Lojkine realiza un seguimiento, a lo largo de dos días y dos noches, y en clave dardenniana, del joven inmigrante Souleymane, proveniente de una convulsa Guinea. Indocumentado, debe pasar algunas odiseas antes de presentar su solicitud de asilo. A través de un recorrido tenso por la ciudad, el film revela la precariedad de su vida cotidiana, pero también una serie de argucias que le permiten construir una narrativa creíble con el fin de poder quedarse en Francia mediante asilo político. Si bien sinopsis y demás textos publicitarios mencionan que es un film sobre la preparación burocrática para una entrevista de asilo ante autoridades, más bien lo que L’histoire de Souleymane ofrece es una radiografía del entorno de africanos, de inmigrantes de Mali, de Nigeria o Costa de Marfil, donde la solidaridad y empatía no necesariamente prevalecen. Así, vemos que el protagonista tiene problemas con su aplicativo de delivery, ya que como ilegal no puede contratar y debe “alquilar” una cuenta, quien además sufre la presión de un entrenador de visas de asilo, que le pide plata a cambio de unos documentos falsificados, mientras debe correr diariamente para alcanzar el último bus gratuito que lo lleva a un refugio donde tiene gratis cama y comida.
El problema de la visión de Lojkine reside en que los franceses, encarnados en el refugio social, la policía y en los funcionarios de la oficina migratoria, suelen ser “buenas personas”, compresivas con la situación del migrante, y más bien los entornos de africanos inmigrantes son mostrados como hostiles, un impedimento para que Souleymane tenga una mejor vida: sin trabajo, sin casa y sin comida, pese a algunos sutiles momento de solidaridad que encarnan algunos musulmanes que le invitan una taza de café. De esta manera, Lojkine imagina una nueva realidad, donde la culpa europea ante la crisis migratoria, con políticas criminales de exclusión, expulsión y racismo, sean transferidas al ámbito microsocial en el cual se mueve el protagonista. La culpa ya no es de la Francia de la Libertad, Fraternidad e Igualdad, sino de unos pocos inmigrantes que no saben ser buenas personas y que no saben cómo ayudar de mejor manera a personas que viven una terrible situación que probablemente también vivieron ellos. Y en este sentido, el conflicto de esta película premiada ya no nace del enfrentamiento de los migrantes y refugiados con el poder de sus ex colonizadores, sino de la mala saña de algunos individuos. La naturaleza del conflicto cambia de manera conveniente, y por ello algunos agradecen con premios y reconocimientos esta lectura más amable, con el desplazamiento de las culpas como solución a la realidad.
Dirección: Boris Lojkine
Guion: Boris Lojkine, Delphine Agut
Fotografía: Tristan Galand
Edición: Xavier Sirven
Sonido: Marc-Oliver Brullé
Intérpretes: Abou Sangare, Nina Meurisse, Alpha Oumar Sow, Emmanuel Yovanie, Younoussa Diallo, Ghislain Mahan, Mamadou Barry, Yaya Diallo, Dalo Keita