
Por Mónica Delgado
En un texto anterior comenté sobre la apuesta política de la Mostra de Cinema Internacional de Belo Horizonte, que en su 20° edición dedicó una vez más su programación al cine latinoamericano, como viene pasando desde los últimos siete años. Sin lugar a dudas, lo que viene realizando la muestra no solo se inscribe dentro de las usuales ventanas de exhibición del cine de la región, sino es una apuesta por una perspectiva que pone en valor tomas de posición en torno al cine. Por ello, en su noche de inauguración se citaron tanto a Túpac Amaru como Fidel Castro, a Rigoberta Menchú como las Madres de la Plaza de Mayo como parte de un espíritu que gobierna la edición. Sin embargo, esta línea editorial no implicó un “pensamiento único” en el plano curatorial, ya que la programación incluyó incluso obras que contradecían las menciones a la soberanía latinoamericana, la autodeterminación de los pueblos o la configuración del Abya Yala de esta noche inaugural y de algunos argumentos de los programadores expuesto en algunos paneles.
Hoy el cine latinoamericano tiene la responsabilidad política y cultural de responder al intervencionismo actual de Estados Unidos en varios paises de América Latina como una práctica de resistencia frente a los mecanismos históricos que han condicionado la soberanía de nuestros países. Ya sabemos que esto no se da con intervenciones militares o los conocidos golpes de Estado sino con jugadas en procesos electorales y apoyos a candidaturas ultraconservadoras para que ganen en las urnas, como pasa en Perú, Chile, Argentina, Ecuador, Bolivia o Colombia, desde operaciones de inteligencia, presiones económicas, nuevas formas de injerencia sobre los procesos democráticos y una política exterior de alienación. Frente a ello, hay un tipo de cine que puede contribuir a disputar los relatos que legitiman estas intervenciones, cuestionar la representación de América Latina como un territorio incapaz de decidir su propio destino y restituir la complejidad de las experiencias históricas que han sido silenciadas, tergiversadas o reducidas a los esquemas binarios de la Guerra Fría (comunismo y anticomunismo). En la Mostra hubo también este tipo de films, aquellos que ayudan a interpelar el pasado reciente en la región o que construyen condiciones para la solidaridad ante situaciones de intervención. Algunos films reconocen que sus imágenes participan en la construcción de la memoria, la conciencia histórica y el imaginario político de las sociedades, y que parecen interpelar: ¿Qué historias se cuentan, desde qué perspectivas y bajo qué condiciones llegan a sus espectadores?
En el plano opuesto de esta programación, que tiene sus antípodas, sus periferias, sus islas, sus filias, se ubicó el documental Cuba y la noche, realizado con apoyo de España y Colombia, y que tuvo estreno reciente en el Festival de Cine de Miami. La presencia misma del film ponía en cuestión la mención a Fidel Castro en la ceremonia inaugural. El documental de Sergio Fernández Borrás se ubica en un polo opuesto, en una veta de raiz anticastrista y de raigambre “antirevolucionaria” por así decirlo. El trabajo, realizado integramente con registros realizados por los mismos protagonistas, entre ellos los del artista Luis Manuel Otero Alcántara, desde sus teléfonos celulares y transmisiones hechas en redes sociales, tipo Instagram, desde La Habana vieja, muestra las diversas defensas que el grupo de artistas urbanos, llamanos Movimiento San Isidro (M-SI), hacen en medio de situaciones de represión en plena pandemia del Covid-19. El contexto de los contagios y situación de emergencia es apenas un telón de fondo para diversas performances que reclaman libertad de creación y expresión al gobierno de Miguel Díaz-Canel. Performances, presentaciones en vivo, situaciones cotidianas de control y respuestas a la policía son momentos usuales que el cineasta Sergio Fernandez Borras elige para su montaje de más de noventa minutos.
Más allá de las intenciones del cineasta, por mostrar un compilado de las diversas situaciones que atraviesa el grupo en su rol disruptivo y disidente, incluido un arrestro a uno de los artistas por resistir una intervención policial, parece que hay una finalidad clara por brindar un sentido al poder de los artistas que históricamente se dio de otra manera. Es decir, si bien la edición nos muestra de manera progresiva los hechos que vivieron estos artistas en 2021 desde sus propios registros y transmisiones en IG, siempre a la defensiva (con algunas acciones incluso muy performativas), tanto en acciones performativas o en huelgas de hambre, hasta su clímax con escenas de las protestas antigubernamentales de 2021, se sabe que estas se dieron por las condiciones extremas en que la población padeció el desasbastecimiento de mediciones y alimentos, y no por consecuencia de las protestas de los artistas. Pareciera que el documental buscará relacionar todos los sucesos logrados por el movimiento San Isidro, incluida una protesta de artistas en las puertas de la secretaría de Cultura que fue muy mediática, con la intensa represión y protestas surgidas por la pandemia. Sabemos que el arte no tiene poder al final de cuentas. Y esta intención solo puede llamarse propaganda, debido a su manipulación e intenciones por construir un valor suprahumano del arte. El contexto fuera de campo, que obviamente el film no expone, sobre las filiaciones de los líderes de este movimiento con personalidades migrantes de Cuba en Miami, sobre reuniones posteriores al film con Marco Rubio o que el artista Luis Manuel Otero Alcántara vive desde hace algún tiempo en EE.UU., hacen que el film se quede solo en ese valor testimonial, y se empobrece con esas omisiones de tipo político que evitan mirar el panorama complejo de los artistas disidentes en el contexto de las luchas en Cuba. Recordemos el papel de artistas -como Tania Bruguera- que hacen de la lucha por la libertad de Cuba una actividad performativa para europeos que les ayuda a incrementar sus arcas personales a través de ventas y presentaciones y que atentan contra cualquier vestigio de la revolución cubana.
El desafío de un tipo de cine latinoamericano -y en este caso lejano al caso del documental del cineasta Sergio Fernández Borrás, radicado en España- es impedir que la denuncia de estas contradicciones sea instrumentalizada para legitimar nuevas formas de injerencia imperial. La libertad de expresión no es una coartada (y que genera una empatía rápida entre los espectadores de esta obra: ¿quién no se siente indignado cuando se atenta contra la libertad de las personas?) para borrar las condiciones históricas en las que se producen las imágenes (como ignorar años de bloqueo), del mismo modo que la soberanía no puede invocarse para silenciar a las voces disidentes. Entre ambos riesgos se juega la responsabilidad política de este tipo de cine: en su capacidad para distinguir la crítica de la propaganda, la solidaridad de la subordinación y la autonomía artística de las agendas que pretenden utilizarla. Si una película omite deliberadamente las condiciones materiales de una protesta, como la que vemos en Cuba y la noche, de 2021 en pandemia, convierte a sus protagonistas en héroes aislados de su contexto y presenta una sociedad desde el encuadre conveniente para los intereses de – en este caso- de una potencia extranjera. La autodeterminación no consiste en elegir qué poder extranjero habrá de tutelarnos. ¿De qué libertad habla el film entonces? Y si el cine debe tomar partido, que sea contra la conversión de nuestras imágenes en mercancía política al servicio de intereses ajenos a América Latina.
Mostra Horizonte
Dirección: Sergio Fernández Borrás
Guion: Sergio Fernández Borrás, Patricia Pérez Fernández
Producción: Sergio Fernández Borrás, Patricia Pérez Fernández, Nicolás Van Hemelryck
Edición: Sergio Fernández Borrás, Lucía Casal, Ada Wislawa, Carlos Quintela
Diseño sonoro: Sergio Fernández Borrás
Música: Louis Franz Aguirre, Maykel Osorbo
España, Colombia, Cuba, 2026, 100 min