OBSESIÓN: LA CONVERSIÓN DE LA CHICA SOÑADA AL PERSONAJE MÁS TRÁGICO DE TODA LA HISTORIA

OBSESIÓN: LA CONVERSIÓN DE LA CHICA SOÑADA AL PERSONAJE MÁS TRÁGICO DE TODA LA HISTORIA

Por José Carlos Arellano

Obsesión (Obsession, 2026), el primer largometraje de Curry Barker, parte de una premisa tan simple como cruel: Bear (Michael Johnston), un joven tímido, compra un extraño objeto en una tienda esotérica para que su amiga Nikki (Inde Navarrette) se enamore de él. El hechizo funciona. El problema, claro, es que no entiende de límites. Lo que sigue no es un romance, sino una historia sobre cómo el deseo de ser amado puede deformar el amor hasta convertir la libertad del otro en algo secundario, y sobre lo fácil que resulta llamar amor a aquello que en realidad nace del miedo a estar solo.

Donde otros directores habrían optado por el sobresalto fácil o la posesión demoníaca clásica, Barker encuentra algo mucho más incómodo. El verdadero horror de Obsesión no está en la entidad que persigue a Nikki, sino en el deseo que la invoca. Porque cualquiera puede imaginar lo aterrador que es que alguien quiera hacerte daño. Lo difícil es admitir que todos hemos querido, alguna vez, ser indispensables para alguien. Que nos elijan por encima del resto. Que nos amen sin dudas ni condiciones. Obsesión toma ese deseo profundamente humano y lo lleva hasta un lugar donde deja de parecer romántico para volverse completamente aterrador. Porque el problema nunca fue que Bear quisiera a Nikki. El problema es que nunca aceptó que ella pudiera no quererlo a él.

Barker no está particularmente interesado en los demonios ni en los rituales. Está interesado en las relaciones humanas, en las dependencias emocionales y en esos deseos que parecen inocentes hasta que se cumplen. Es ahí donde la película encuentra su mayor fuerza. La dirección de arte y la fotografía de Taylor Clemons acompañan esa idea. Los espacios empiezan siendo cálidos y familiares, entre tiendas de discos, departamentos modestos y conversaciones suspendidas en una nostalgia juvenil extrañamente reconfortante. Pero poco a poco algo cambia. Clemons llena la película de sombras, rincones oscuros y fondos que parecen esconder algo incluso cuando no hay nada allí. Los lugares que al principio resultaban acogedores empiezan a sentirse extraños, como si algo estuviera contaminando la normalidad. No hay un cambio brusco, sino una deformación progresiva de aquello que parecía seguro. Como si la película quisiera recordarnos que algunas cárceles se construyen con las mejores intenciones. Esa sensación termina extendiéndose a toda la película.

Barker no necesita recurrir constantemente a los sobresaltos para generar miedo. Prefiere construir esta incomodidad persistente a través de pequeños detalles que parecen fuera de lugar. Una sonrisa que dura demasiado, una mirada que transmite algo distinto a las palabras que la acompañan o una presencia que invade el espacio de otra persona. Son gestos mínimos, pero suficientes para que la normalidad empiece a sentirse cada vez más frágil. Cuando el horror finalmente se manifiesta, la película ya nos ha convencido de algo mucho más difícil. Que el desastre era inevitable.

El mayor acierto de Obsesión es su reparto. Johnston compone un Bear que transita de la torpeza entrañable a algo mucho más inquietante. Al principio resulta fácil entenderlo. Incluso sentir cierta simpatía por él. Parece el clásico chico tímido e incomprendido que tantas veces hemos visto en el cine, pero poco a poco Barker va revelando sus zonas más egoístas y contradictorias. Lo perturbador no es que Bear se convierta en otra persona, sino descubrir quién ha sido desde el principio. Un personaje que consigue exactamente aquello que creía desear y descubre que no está dispuesto a renunciar a ello, incluso cuando comprende el daño que ha provocado. Pero es Navarrette quien se roba la película. Su Nikki pasa de ser el cliché de la chica soñada a convertirse en el personaje más trágico de toda la historia. Lo aterrador no es verla transformarse, sino verla desaparecer. Gran parte de esa tragedia vive en el rostro de Navarrette. En sus sonrisas tensas, en sus expresiones exageradamente alegres, en esas muecas que parecen debatirse constantemente entre el afecto y el sufrimiento. Lo más inquietante es que Nikki nunca desaparece por completo. La actriz consigue que sigamos viéndola detrás de cada sonrisa forzada y de cada gesto extraño, como si una parte de ella siguiera intentando volver a la superficie. Sus ojos suelen decir algo distinto a sus palabras, y esa contradicción termina convirtiéndose en una de las imágenes más dolorosas y memorables de la película.

Hay una escena, cerca del final, en la que recupera brevemente el control de sí misma y le suplica a Bear que termine con todo. Es probablemente el momento más devastador de Obsesión. No solo por el pedido de Nikki, sino por la respuesta que recibe. Cuando Bear le pregunta: “¿Qué tiene de malo estar conmigo?”, la película deja de hablar sobre una posesión sobrenatural y empieza a hablar sobre algo mucho más humano. Sobre esa necesidad desesperada de ser amado que puede llegar a justificar cualquier cosa. Sobre la incapacidad de aceptar que el amor deja de ser amor cuando deja de ser una elección. Durante unos segundos, el horror desaparece y solo queda la tragedia. Porque Nikki está pidiendo que la liberen, mientras Bear sigue aferrándose a aquello que siempre creyó querer. Navarrette transmite una desesperación tan genuina que convierte esa conversación en el momento más doloroso de toda la película.

La película, sin embargo, no es perfecta. Por momentos da la impresión de que algunas de sus ideas son más grandes que el tiempo que tiene para desarrollarlas. Barker encuentra algo muy valioso en esa necesidad de ser amado que todos llevamos dentro, pero algunas de las preguntas que plantea desaparecen justo cuando empiezan a ponerse realmente interesantes. Aun así, son tropiezos menores dentro de una ópera prima que demuestra una voz propia y una capacidad poco común para encontrar horror en emociones que casi todos conocemos. Cuando terminó, no pude dejar de pensar en todas las veces que he confundido idealización con amor, o el deseo de ser elegido con el miedo a estar solo. Quizás por eso la película duele más de lo que asusta, ya que Obsesión no habla realmente de monstruos ni de demonios. Habla de una necesidad que casi todos conocemos: la necesidad de ser elegidos, de sentirnos importantes para alguien, de creer que si una persona nos ama lo suficiente, podremos dejar de sentirnos solos; y de lo fácil que resulta ignorar el costo de ese deseo cuando por fin se cumple.

Por eso el verdadero monstruo de la película nunca es la entidad que persigue a Nikki. Es la idea de que el amor puede pertenecerle a alguien. Lo único más aterrador que no ser amado es descubrir que una parte de nosotros podría aceptar cualquier cosa con tal de serlo. Así, con Obsesión, Curry Barker llega para quedarse. Y lo hace con las uñas sucias de sangre, dolor y verdad.

Dirección y guion: Curry Barker
Cinematografía: Taylor Clemons
Edición: Curry Barker
Música: Roca Burwell
Productores: James Harris, Haley Nicole Johnson, Cristiano Mercuri, Viaris Romano
Reparto: Michael Johnston, Inde Navarrette, Cooper Tomlinson, Megan Lawless, Andy Richter
EE.UU, 2025, 109 min