[S8] MOSTRA DE CINEMA PERIFÉRICO 2026: PROGRAMA ‘EL OBTURADOR CÓSMICO’

[S8] MOSTRA DE CINEMA PERIFÉRICO 2026: PROGRAMA ‘EL OBTURADOR CÓSMICO’

Por Mónica Delgado

A diferencia de otras formas de organizar el discurso fílmico en una obra experimental, en los cortometrajes reunidos en este programa durante la XVII [S8] Mostra de Cinema Periférico, la figura del eclipse se impone como un estructurador y regulador del espacio y tiempo. El eclipse como fenómeno astral dispone la posición del realizador, ya sea como puro observador o como pivote mientras existe ese proceso de ocultación o breve desaparición ante la reacción lumínica o no de la materia fílmica. También, el encuadre sostiene esta superposición de astros, como si se limitara la experiencia a este nuevo contenedor en celuloide.

Este programa, que dio inicio a la mostra, agrupó obras que permiten reconocer a los eclipses como un recurso narrativo y estético usualmente desplazado en obras más convencionales para crear atmósferas de misterio, tensión o transformación de acontecimientos. Aquí, el eclipse funciona como una operación sobre la propia materia del cine: un régimen de aparición y desaparición que ordena las relaciones entre luz, tiempo y punto de vista para establecer situaciones de observación aparentemente sencillas. Construcciones a través de zonas veladas, interrupciones, sobreexposiciones, degradaciones químicas, flickers o pérdidas de información visual como equivalentes de esa ocultación transitoria. La materia del filme parece responder a una dinámica de oscurecimiento y revelación donde la imagen nunca se ofrece plenamente, sino que emerge desde una tensión constante entre presencia y ausencia. En este sentido, el eclipse puede entenderse como una figura epistemológica. Lo que interesa no es únicamente aquello que desaparece, sino las condiciones que hacen visible dicha desaparición. La sombra o la nada no actúa como negación de la imagen, sino como el mecanismo que permite percibir sus límites, sus intervalos y sus zonas de indeterminación. Cada película de este programa ensaya una variación de este principio.

En estos films el eclipse regula ritmos, intensidades lumínicas y modos de percepción. En este marco, como viene pasando cada año, la programación del [S8] Mostra de Cinema Periférico eligió este programa para forjar un imaginario visual dentro de la misma selección, como se revela en las propias piezas gráficas de difusión de este año. Y bajo este motivo del duelo entre sol y luna, se agruparon cortometrajes de João Maria Gusmão y Pedro Paiva, Larry Jordan, Georges Méliès, Jan Peters, Alexi Manis, Bill Morrison y Kevin Jerome Everson, todos de filmografía única y disímil entre sí, y que en panorama muestran arcos de tiempo que confrontan incluso una actualidad del cine experimental. En El eclipse: el cortejo entre el Sol y la Luna (1907) de Georges Méliès, un viejo astrónomo del Renacimiento invita a sus aprendices a contemplar un eclipse solar con su telescopio. Lo que ven es una inevitable humanización del encuentro entre el sol y la luna, a través de rostros masculinos y uno de ellos feminizado en un flirt. La reunión de cariz homosexual y homoerótico asoma como un descubrimiento para los aprendices, y para el astrónomo, quien cae desmayado al no soportar la afrenta que rompe su conocimiento previo.

Si bien escapa a la intención de Méliès, esta representación del eclipse puede leerse como una escena de deseo entre dos figuras masculinas, o al menos como una representación que desestabiliza una división estricta entre géneros. También puede interpretarse como una extensión de las convenciones teatrales y burlescas de la época, donde el travestismo y la exageración de género eran recursos cómicos frecuentes. Por otro lado, el científico observa cómo la explicación racional del eclipse es reemplazada por una visión fantástica e inesperada: los astros no obedecen simplemente a leyes celestes, sino que manifiestan deseo y afecto.

Por su parte, en Orb (1975) de Larry Jordan, los recursos de la animación y el collage con recortes también aluden a una antropoformización de los astros dentro del fenómeno del eclipse. De manera similar al corto de Méliès, donde el eclipse es observado mediante instrumentos científicos para luego transformarse en fantasía erótica y teatral, en este trabajo juguetón de Larry Jordan, los cuerpos celestes recuperan rasgos humanos evocando a seres de la mitología cristiana o romana en encuentros de índole amorosa. La sugerencia sexual es evidente, aunque sea luego un globo o ente circular “terrenal” que ocupe la atención del espectador antes que los mismos astros.

La sesión sumó un grupo de cortometrajes de los artistas portugueses João Maria Gusmão & Pedro Paiva, realizados entre 2007 y 2011: Eye eclipse + 3 Suns + Solar, the blindman eating a Papaya + Heat Ray, reunidos curatorialmente por los mismos cineastas en torno a la figura del imponente “astro rey”. Por un lado, este grupo de obras demuestran el interés de un periodo creativo de los realizadores por explorar la materia fílmica desde el mero uso de recursos que intervienen la realidad de los objetos: en unos, desde la modificación de la iluminación, en otros, desde el manejo de la luz como calor o energía que logra combustiones, como si se tratara de captar momentos de cotidiano toque épico. También provocan en el espectador lecturas con relación a mitos y leyendas propios del efecto de los eclipses, como el del posible enceguecimiento. El registro de un hombre con discapacidad visual comiendo papaya propone otra forma de resolver el problema de percibirse mirado como una ilusión. Más allá del componente de ficción al hacer que un huevo sea convertido en un satélite, que tres soles aparezcan conviviendo en un mismo plano como si fuera un paisaje extraterrestre, o que se genere una superposición entre una serie de espejos rectangulares luminosos en una coreografía hacia la unión sobre una superficie blanca, simulando un encuentro astral, se trata de una obra que se inserta dentro del universo lúdico y de intención filosófica que estos autores han plasmado a lo largo de los años en instalaciones y muestras.

El polo opuesto al artilugio esotérico de los artistas portugueses, apareció en el programa Ich Bin 33 (2000), cortometraje del alemán Jan Peters. El corazón de este trabajo es sencillo: el autoregistro del cineasta frente a la cámara mientras sucede un eclipse. Allí donde Gusmão y Paiva convierten el fenómeno astronómico en un campo de experimentación material y perceptiva, Peters desplaza el acontecimiento hacia una dimensión autobiográfica. La cámara, lejos de buscar el truco visual o la ilusión óptica, se convierte en una herramienta de constatación de la simple existencia atravesada por un fenómeno que quizás no logra efecto alguno. El gesto de filmarse a sí mismo durante el eclipse, aunque Peters lo describa en la sinopsis como una casualidad mientras preparaba un nuevo film, deviene en un documento del fuera de campo, de un eclipse, que a diferencia de los cortometrajes previos, solo conocemos desde la experiencia del cineasta, desde su reflejo y fascinación mientras nos cuenta qué tal le fue en su último año de vida.

Shutter (2010) de Alexi Manis es el trabajo más documental observacional de la selección. El primer plano que muestra un eclipse solar en toda la pantalla anticipa la disposición del espectador para valorar el entorno desde una mirada primigenia. Lo cotidiano no tiene sorpresa, por lo que hace falta este ocultamiento para que el entorno cobre una dimensión especial. Ante ello, la cineasta canadiense Alexi Manis propone observar hojas de árboles, sombras en veredas, la luz atravesando diversos objetos en un suburbio, como si el eclipse prodigara novedad a aquello que mil veces se transita e ignora. Este trabajo, como indica la sinopsis, contiene secuencias de un eclipse solar total sucedido en 1981 y grabadas por el astrónomo aficionado Andreas Gada, que funcionan como un prólogo y un epílogo ante las imágenes de la flora en medio de la urbe que Manis registra y monta entre el fenómeno solar. Mientras que Just Ancient Loops (2012) de Bill Morrison provoca relaciones simbólicas entre diversos material de archivo en nitrato sobre diversas concepciones del cielo y fenómenos celestes. Pasar del registro de astrónomos trabajando en planetarios o de investigadores en plenos procesos de uso de telescopios a cómo el cielo ha sido resignificado por credos y sus ideas de resurrecciones. En ese desplazamiento, Morrison sugiere que el cielo ha funcionado históricamente como una superficie de inscripción para los deseos humanos de conocimiento y permanencia, pero también como espacio para actos de fe, donde se busca dar sentido a la existencia terrenal. La condición deteriorada del nitrato refuerza la tesis, donde la astronomía como la religión buscan materializar o inmortalizar hechos aparentemente efímeros o irrepetibles, a preservar aquello que inevitablemente está destinado a desaparecer.

Finalmente, el programa cerró con Condor (2019), del cineasta y artista estadounidense Kevin Jerome Everson, que registra en 16mm un eclipse solar en Chile. Es quizás el cortometraje más “formal” de todos, en la medida que solo el eclipse es lo que habita este campo de registro y encuadre. Al dejar la experiencia total en manos del eclipse, el fenómeno se vuelve un asunto inmerso dentro de la sala de cine. Es llevar el eclipse a un espacio de butacas y silencios. Everson parece reforzar la idea de que el cine comparte con los eclipses una misma condición: ser acontecimientos de luz y oscuridad que suspenden temporalmente la percepción ordinaria del mundo. La sala oscurecida reproduce, de algún modo, la experiencia colectiva de contemplar un fenómeno excepcional. Así, Condor termina por revelar el parentesco entre el acontecimiento astronómico y el dispositivo cinematográfico, dos formas de convocar la mirada hacia aquello que solo existe por un instante antes de desaparecer.