
por Víctor Paz
Il Cinema Ritrovato lleva varias ediciones realizando grandes retrospectivas a directores japoneses con programación de Alexander Jacoby y Johan Nordström. Recientemente han podido verse en Bolonia (Italia) cada junio las luminarias de Misumi Kenji, Kinugasa Teinosuke, Yoshimura Kozaburo o Naruse Mikio. Las copias llegan en soporte fílmico cada año de los archivos de la Japan Foundation y del National Film Archive of Japan; una oportunidad única para descubrir a estos autores como se merecen.
Este 2026 dio el turno a Ito Daisuke, muy reputado en jidai-geki, cine de época japonés, que revolucionó el género en el periodo silente, pero cuya filmografía posbélica es más desconocida. El ciclo incluía doce piezas entre 1926 y 1961, lo que permitía trazar su evolución. De entre las tempranas, The Diary of Chuji’s Travels (Chuji tabi nikki, 1927) y Jirokichi the Rat (Oatsurae Jirôkichi kôshi, 1931) – proyectadas con acompañamiento musical y el apoyo narrativo del benshi Kataoka Ichiro – son las únicas que se conservan en una forma próxima a las intenciones originales. De las demás, solo quedan fragmentos.
De esta etapa, sorprenden dos cuestiones. Primero, el tema. Se cuenta a menudo con la figura del ronin justiciero que actúa para corregir las desigualdades entre ricos y pobres, velando por que los primeros no cometan abusos contra los segundos. En un contexto tan estratificado como el japonés de preguerra, Ito sublima otro modelo social de cierta inspiración socialista, lo que ya de por sí resulta innovador.
La segunda cuestión es formal. Más allá del uso creativo de cartelas, con grafismos en movimiento o perspectivas al son de las imágenes filmadas; lo que sigue resultando modernísimo es la energía cinética que el autor imprime a sus batallas con espada y a las persecuciones a caballo. La panorámica y los travellings, la manipulación de una velocidad de imagen que todo lo vuelve borroso y frenético, en consonancia con la coreografía de un Okochi Denjiro endemoniado – el principal actor de It? en esta época – dan como resultado un energético baile de luces y sombras.
En la segunda etapa de su carrera, tras la guerra, su cine sigue usando estos recursos, pero se vuelve más pausado y reflexivo. Un ejemplo emblemático es The Grand Master (Osho, 1948), gran éxito de taquilla que lo volvió a poner en el mapa. Sigue los pasos de un jugador de shogi, una especie de ajedrez nipón, desde sus primeros pinitos hasta convertirse en maestro. La cinta está llena de elipsis y cuenta con una estructura dupla que se repetirá en buena parte de los filmes de su autor, en otras ocasiones de manera muy acusada, aquí un poco más flexible.
En la primera parte Ito presenta personajes, en cintas bastante corales, trazando sus relaciones y el contexto. No suele ocurrir demasiado, hasta que algún acontecimiento precipita la segunda parte, a menudo con consecuencias muy dramáticas y en las que el tiempo se dilata en apenas una o dos secuencias. Osho avanza de manera un poco más progresiva por distintas etapas de la vida del jugador, aunque cuenta con una secuencia central que ejemplifica esta querencia de Ito por la estructura descrita. En ella, tras indicarse que el protagonista va perdiendo gradualmente la vista, un adinerado médico de Osaka se decide a operarlo para que pueda competir. Mientras su mujer recita un mantra y reza rítmicamente con un tambor por la recuperación de su marido, las imágenes de la operación se mezclan con las de su entrenamiento y, con esta rítmica percusión, se detienen en el primer gran duelo contra su némesis. Planos generales muestran a los contendientes en el templo de Kioto en que tiene lugar la liza. Quietud, concentración, tiempo detenido. Caras de concentración, cámara muy cerca. Sudor, pestañeos, dudas… El tablero en su conjunto, cada pieza del tablero. Todo discurre muy lento y en enorme tensión. Todo lujo de detalle. Los objetos como potente instrumento narrativo.
Más exagerado es este uso en Five Men of Edo (Oedo gonin otoko, 1951). Al principio todo lento y tranquilo. Sobre la hora de película, la hecatombe. La amante de uno de los dos samurais protagonistas quizá haya roto un juego de porcelana que resulta esencial para pagar unas cuantas espadas y que el guerrero no vea su honor empañado. La mujer cuenta las piezas una a una, plato a plato; posando, posando, posando las delicadas obras de arte con expectación, cuidado, paciencia. Parece que no va a terminar nunca. El resultado determina su destino y propulsa el desenlace en apenas dos secuencias densas y reflexivas en las que otro samurai, líder de un clan de ronin, se enfrenta a este despótico tirano, no con su acero, sino a través de su ingenio.
El imperativo social de mantener intacto el honor, en una cultura que lo valora por encima incluso de la propia vida, trae en todo este ciclo de películas consecuencias nefastas para sus protagonistas. Las historias, ambientadas entre el shogunato Tokugawa y la era Meiji, abordan la conciencia de clase, presente desde los inicios de su cine, pero también atacan este concepto de honor exacerbado.
En The Lion’s Throne (Shishi no za, 1953) un niño es educado en las artes del teatro no y sometido a un estricto entrenamiento para una representación ante el shogun. La tensión puede con él, desequilibrándolo por completo y causándole un profundo conflicto identitario. Mientras que en The Conspirator (Hangyakuji, 1961), la última película del ciclo y única en color, Ito muestra la depuración de su estilo; un baile entre cámara y actores en perfecta sincronía, con el movimiento de ambos como un recurso expresivo único perfectamente engranado. Sobre diversas intrigas palaciegas al inicio del periodo Tokugawa, es toda una lección de historia y de alguna forma la condensación de todo su cine.
Pasado y presente se funden en Ito, autor con perspectiva histórica crítica sobre las rígidas estructuras sociales de su país, ajeno al honor desmedido y al privilegio, que protagonizó una verdadera revolución cinética durante más de cuatro décadas de carrera. Gran maestro del shogi y otros delicados detalles.
