PANORAMA: LA FORTALEZA DE JORGE THIELEN ARMAND

This entry was posted on March 23rd, 2020

Por Pablo Gamba

La fortaleza (2020) se estrenó en la competencia del Festival de Rotterdam. Es la segunda película dirigida por Jorge Thielen Armand, cuya ópera prima, La Soledad (2016), formó parte, junto con La familia (2017) de Gustavo Rondón Córdova y El Amparo (2016) de Rober Calzadilla, de un grupo de obras venezolanas que se destacaron en los certámenes internacionales. Las tres tenían en común una recuperación del neorrealismo y otras características acordes con la producción latinoamericana que se demanda en ese circuito.

En esta película se profundiza el trabajo de La Soledad, con problemas reales de los familiares del cineasta en Venezuela, interpretados por las mismas personas involucradas en ellos, y con reproducción de filmaciones caseras y fotos que confirman la verdad que inspira la ficción. También vuelven a estar representados los sueños del personaje principal, con los que Thielen va más allá de la ficción documentalista, para indagar en cómo las situaciones de crisis repercuten en el alma de los que las atraviesan. Abbas Kiarostami y Apichatpong Weerasethakul son referencias evidentes en La Soledad.

El protagonista en La fortaleza es el padre del director, Jorge Roque (Jorge Thielen Hedderich), que en la película anterior era el principal personaje secundario de la historia. Era el amigo de José, el hijo mayor de una exsirvienta, cuyos familiares ocuparon una casa que pertenece a los Thielen, en Caracas. La principal diferencia es que ahora el conflicto es del protagonista consigo mismo, principalmente por sus problemas con el alcohol.

Se trata de un lugar común del drama, y la degradación de una persona por el vicio es un tema difícil para el cine. Lo que salva a La fortaleza de las trampas del género es la relación de amor entre el padre y el hijo que vive en Canadá, y con el que se comunica por WhatsApp y por Skype. Es un aceptar y querer a otro tal como es, con todos sus defectos, en una relación sin juicio moral ni reclamo alguno por incumplimiento de deberes paternales o filiales.

Ese es un aspecto notable de La fortaleza. El problema es el giro que hay con respecto a La Soledad. En la película anterior, los vínculos de familia y de amistad chocaban con las diferencias de clase y el enfrentamiento por una propiedad, y se relacionaban también con la crisis política, económica y social que tenían como trasfondo. En cambio, el problema de La fortaleza es esencialmente psicológico, con la situación de Venezuela como telón de fondo. Es así aunque se trata de una historia ambientada en el “arco minero del Orinoco”, más del 12 % del territorio del país entregado a la depredación de una empresa de las fuerzas armadas, trasnacionales y mafias del oro.

En esa parte del sur de Venezuela se ha establecido la guerrilla colombiana del ELN, que controla partes del territorio y de la actividad minera en complicidad con el gobierno de Nicolás Maduro. Avanza allí la destrucción de la selva y el desplazamiento de pueblos indígenas de sus tierras ancestrales. Todo esto está en La fortaleza, al igual que la descripción de la vida cotidiana en los campamentos mineros, en la que la riqueza en metal vuela de las bolsas de los trabajadores a los bolsillos de los dueños de los comercios, bares y prostíbulos.

Otro mérito de la película es mostrar todo eso sin incurrir al espectáculo miserabilista. La fortaleza es la antítesis de Garimpeiros (2000), que quizás es la más perfecta y acabada expresión de la pornomiseria en el cine venezolano, y cuyo director, José Ramón Novoa, llevó una grúa hasta un remoto lugar minero del sur del país para que la cámara se elevara sobre la degradación humana, en planos que aspiraban a cierta espectacularidad.

Pero lo que no cierra en La fortaleza es la relación entre el conflicto del personaje consigo mismo y los graves problemas del país, que se perciben también en muchos otros detalles, pero siempre en un segundo plano. Frente a eso, la película se decanta de nuevo por el tema de la reconciliación, que antes era de clases sociales, y ahora es de padres e hijos, con una dimensión cósmica que comprende, en ambos casos, la reconciliación con la naturaleza.

Los vínculos de la hermandad natural entre hombres, frustrados por las posiciones sociales antagónicas, tenía en La Soledad un eco perceptible en el llamado sonoro de la selva que parecía crecer en los jardines de la casona de los Thielen. Algo análogo ocurre con el vínculo de sangre entre el padre y el hijo, perturbada por la emigración. En La fortaleza son reiterados los planos en los que la cámara que explora la naturaleza “encuentra” a Jorge Roque y lo enmarca en ese mundo, o en los que el personaje se deja tragar por la selva. La falta de juicios morales en la relación padre-hijo es parte de esa naturalidad.

Ese consuelo de la filosofía, quizás, podía mantenerse en La Soledad, porque era perceptible que sus personajes, separados desde siempre por las diferencias sociales, habían llegado de alguna manera a quererse y podrían hermanarse aún más estrechamente si esas diferencias desaparecieran. Es un sueño mejor que los del caballo blanco y el tesoro enterrado que sueña el protagonista de la película. Pero, en La fortaleza, el tema de la reconciliación tiene un choque sin resolución imaginable con la destrucción de la selva por la minería salvaje, la autoridad que ejerce un grupo armado ilegal extranjero y un personaje que en cierto modo recuerda las repetidas masacres de mineros.

Esto es sintomático. Los problemas que se rozan desbordan el acercamiento por la vía de la ficción. Es lo que siempre ocurre con el desastre de Venezuela, que sigue desafiando cualquier intento de abarcar su insondable dimensión.

Dirección: Jorge Thielen Armand
Guion: Jorge Thielen Armand, Rodrigo Michelangeli
Producción y fotografía: Rodrigo Michelangeli
Montaje: Felipe Guerrero
Sonido: Eli Cohn
Música: Leila Bordreouil
Interpretación: Jorge Thielen Hedderich, Carlos Medina, Yoni Naranjo, Leudys Naranjo
Venezuela-Francia-Holanda-Colombia, 2020