
Por Mónica Delgado
Lamentablemente algunas ventanas para ver cine africano independiente reciente suelen ser algunos festivales (sobre todo europeos) y algunas plataformas de streaming (también con sede en territorios transatlánticos). Esta situación se explica en las necesarias coproducciones que requiere el cine africano para realizarse y distribuirse, puesto que sin ese financiamiento europeo, su viabilidad sería escasa, lo que deviene también en círculos de distribución desprendidos de los fondos o laboratorios más dominantes y, evidentemente, en un limitado acceso a redes de exhibición más amplias. Además, persisten barreras idiomáticas, prejuicios de mercado y lógicas comerciales que priorizan contenidos considerados rentables provenientes de otras cinematografías (algunas veces marcados por el racismo o los residuos coloniales).
Si el cine latinoamericano sigue sufriendo en sus intentos por acceder a otros ámbitos de distribición y exhibición más allá de festivales lejos de las clásicas exotizaciones y estereotipos, para el cine africano independiente ese panorama asoma aún más nebuloso, ya que predominan prejuicios en la selección o programación en festivales y muestras que privilegian aún narrativas de pobreza, conflicto o exotismo, como si esas fueran las únicas historias “auténticas” del continente, lo que limita la diversidad temática y estética de las obras. Un ejemplo es la recepción de Timbuktu (2014) de Abderrahmane Sissako en Cannes, a partir de críticas que reducían al film a un mero testimonio temático del yihadismo, dejando de lado su complejidad poética. Otro caso es Atlantique (2019) de Mati Diop, que, aunque innovadora en su abordaje fantástico, fue reseñada desde la celebración de lo “místico-africano” por encima de su tratamiento de una crisis migratoria hacia Europa.
En el marco del festival de Rotterdam 2026 pude ver dos obras que abordan a su manera esta idea de lo místico que se suele destacar desde la selección y programación europea, aunque esta vez asociado a diversas formas de expresión religiosa, desde el cristianismo en una, y desde el plano evangélico en otra. Ambas abordan a la religión como elemento simbiótico de otros proyectos o talentos: en uno, asociado a la poesía, y en otro, a la popularidad. Sin embargo, más allá de sus temas, ambos largometrajes eligen tratamientos audiovisuales que transmiten la sensibilidad de sus protagonistas masculinos.
En O profeta (2026), largometraje del cineasta mozambiqueño Ique Langa, el mundo de la fe está regulado por la figura patriarcal de un pastor. Pero a diferencia de otras obras donde los líderes de los grupos religiosos son empoderados, tramposos, manipuladores (desde El apostol a Midsommar, para mencionar dos ejemplos anglosajones algo jalados de los pelos pero que grafican las intenciones de los cineastas para retratar ese mundo), aquí se trata del retrato de un personaje inseguro, apocado, sin carisma, que no logra conectarse con sus feligreses. Por ello, más allá de un perfil de fe, lo que logra Langa es expandir este proceso del protagonista Hélder hacia una búsqueda de simpatía y popularidad. Este tránsito va desde verlo liderando misas aburridas, donde la gente prefiere hablar entre ellos, revisar su celular o dormir mientras él lee la biblia, hasta verlo en reuniones vibrantes donde sobran aplausos, arengas y felicitaciones. Pero este cambio en la figura de Hélder no es producto de su propio desarrollo como persona o pastor, sino por someterse a una vía rápida: contactar con una bruja del pueblo, quien lo dota de seguridad y sabiduría a cambio de empeñar su alma. Es decir, Iquer Landa actualiza a su manera una versión del Fausto.
Ambientada en Manjacaze, comunidad rural al sur de Mozambique, O profeta pareciera, por otro lado, que reinterpreta el mito de Fausto a un contexto religioso contemporáneo, donde la crisis no es intelectual sino carismática. Sin embargo, también hay que tener en cuenta que los referentes del cineasta al construir este dilema ético no provienen necesariamente de Europa sino de imaginarios propios de mitos y leyendas de su país, en los cuales algunos pactos con espíritus ancestrales pueden traer desgracia o aislamiento social. En relatos populares sobre brujería es frecuente que una persona puede acudir a un brujo para obtener riqueza, prestigio o influencia a cambio de sacrificios personales, familiares o espirituales. Y a diferencia del pacto individualista de Mefistófeles, en O profeta las consecuencias de las acciones de Hélder son colectivas y afectan su vínculo con la comunidad y los ancestros. Existe éxito inmediato a cambio del alma. Así, la película critica la espectacularización de la fe y revela cómo el deseo de aceptación puede corromper la espiritualidad auténtica.
El valor de O profeta evidentemente no está solo en su trama que de manera particular aborda un retrato de fe, sino que Langa elige una puesta en escena y montaje basados en criterios de austeridad expresiva, soportados en el uso del blanco y negro, en un formato 4:3, y en encuadre cercano que logra concentrar la sensibilidad de personaje (dejando de lado planos muy generales por ejemplo). También la forma en que el cineasta describe este mundo de la brujería, con ecos a Tod Browning o a un sentido común donde lo malévolo es encarnado por figuras femeninas (como pasa en decenas de films de género de terror) traduce ese marco de inseguridades (íntimas y de raigambre social) que el protagonista atraviesa. Por eso mi mención al retrato desde las fisuras de lo patriarcal, que recurre hasta a poderes sobrenaturales con tal de mantenerse a flote.

Se puede decir que My Semba, que también estuvo en la competencia oficial del Festival de Rotterdam 2026, es el reverso de la apuesta estética de O profeta. Dirigida por el cineasta angoleño Hugo Salvaterra, es una obra llena de flashbacks, montajes corales y locaciones coloridas (por momentos estetizantes), que también aborda los márgenes de la religión como un espacio liminal entre la orfandad y el sentido de comunidad, entre la fe y la creación. En esta ópera prima, seguimos el día a día de un joven albino, llamado X (el actor Euclides Teixeira), quien trabaja como personal de limpieza en un hospital y que halla en sus tiempos libres (viajes en bus, descansos o visitas a la iglesia) como oportunidades para conectarse con aquello que le permite construir sus poemas y canciones a ritmo de rap. La cualidad que otorga Salvaterra a su personaje es que es albino, condición que dentro de su contexto social y cultural es marcada por el desplazamiento o marginación. Algunas personas creen que los albinos traen mala suerte o que sus cuerpos tienen propiedades mágicas. Lo único mágico en el personaje de X es su talento para el arte, y para darle un valor a sus días oscuros.
Los primeros minutos de My Semba auspician los códigos del músical político (como pasa con los ritmos urbanos y hip hop en When Nigeria Happens (2025) de Ema Edosio Share), sin embargo, Salvaterra opta por una obra híbrida más adherida a los linderos del drama, donde el personaje de X está marcado por los infortunios de su familia adoptiva, dos amigos del orfanato que también soportan precariedad laboral y humillaciones, y por el apoyo que encuentra en la iglesia subvertida. Pero, como en O Profeta, el protagonista no busca una transformación personal basada en un cuestionamiento a la naturaleza de sus problemas, sino la posibilidad de presentarse en un programa televisivo, que ayudará a que su mensaje político y social de sus letras llegue a más personas. Es decir, la iglesia aparece como una institución de cobijo pero secundaria dentro de las metas de los protagonistas (lo cual podría verse como positivo como una crítica necesaria a su alienación u oportunismo en contextos de precariedad).
Por momentos, Salvaterra apela a que este tema político, donde su protagonista es un héroe de la denuncia colonial y anticapitalista, un trovador urbano harto de la miseria y explotación, solo subyace desde esta exposición de letras y canciones, pero lamentablemente el protagonista (demasido arquetipo, o ente figural) no transmite este halo furibundo sino más bien es como una contraparte de aquello que la música expresa. En sí esto no es un defecto, pero le resta fuerza a esa catarsis que debería aparecer en algún momento.
My Semba
Director: Hugo Salvaterra
Productor: Jorge Cohen
Guion: Hugo Salvaterra
Fotografía: Ery Claver
Edición: Kamy Lara
Diseño de producción: Prudênciana Hach
Diseño sonoro: Marco Salaverría
Música: Nakhane, Paulo Flores, Toty Sa’med, Orelha Negra
Angola, 2026, 93 min
O profeta
Director: Ique Langa
Producer: Sousa Domingos
Guion: Ique Langa
Fotografía: Denilson Pombo
Edición: Sara Carneiro
Diseño de producción: Ique Langa
Diseño sonoro: Diana Queirós
Música: TRKZ
Mozambique, Sudáfrica, Catár, 2026, 95 min