CINE PERUANO: ‘LOS CIERRES’ DE LUCÍA ARELLANO

CINE PERUANO: ‘LOS CIERRES’ DE LUCÍA ARELLANO

Por Mónica Delgado

En el Perú hay más películas sobre el post conflicto armado interno (CAI) que sobre los hechos acontecidos entre 1980 y 2000. Las narrativas de producciones de los últimos veinte años han privilegiado las consecuencias del conflicto antes que la representación directa de estos sucesos; además que se trata de visiones desde un plano doméstico, familiar o personal. En esa ruta asoman los films de ficción de Joel Calero, Salvador del Solar, Claudia Llosa, los hermanos Vega o Leonardo Barbuy, o los documentales de Luis Cintora, Judith Velez o Patricia Wiesse. Por un lado, se podría entender esta preferencia como un asunto generacional, ya que la mayoría de cineastas, de ficción o de documental, que vivieron sus adolescencias o juventudes durante esos años, buscan sobre todo recrear o interpelar las imposibilidades de un país en eterno caos y olvido desde estas perspectivas íntimas, dentro de un espacio audiovisual más propicio para explorar las huellas interiores de la violencia (y para hacer metáforas sobre el trabajo de la memoria, el duelo, los silencios autoelegidos o las secuelas psicológicas); y por otro lado, se les podría comprender desde la omisión por reconstruir los hechos desde visiones más macros. Así las narrativas se desplazan hacia los efectos del conflicto, configurando un corpus en el que predominan historias sobre las formas en que la violencia continúa moldeando la vida cotidiana, las identidades y las relaciones familiares en el Perú actual.

Este predominio del cine de lo íntimo sobre el posconflicto también evidencia un cambio en las políticas de representación de la violencia. Mientras las películas centradas en los años del CAI suelen enfrentarse a disputas por la interpretación histórica, la atribución de responsabilidades y la representación de actores políticos y militares, como ha pasado con los films recientes de Francisco Lombardi y Luis Llosa (ambas dentro del relato de militares como salvadores), las obras ambientadas en el período posterior desplazan el énfasis hacia la experiencia subjetiva y las memorias fragmentadas. Y en ese contexto de elecciones de temáticas y focos, aparece Los cierres, de la realizadora Lucía Arellano, comunicadora, fotógrafa y egresada del programa de Documental de Creación de la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona. Realizada en 2024, se trata de un retrato cercano de Rafael Salgado Olivera, un ingeniero químico y educador peruano radicado hace algunos años en Bruselas, quien va relatando dos hechos que marcaron su infancia, y que hoy desde la adultez son asumidos como parte de una historia que debe contar en algún momento a su pequeña hija Micaela. El primero, su paso por un colegio de clase media acomodada de Lima, gracias a una beca, y en el cual sufrió abuso sexual, junto a otros compañeros, por parte de un personaje público; y en el segundo, la tortura y asesinato extrajudicial de su padre, un militante del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), por parte de la Policía Nacional cuando apenas tenía nueve años. Estas dos violencias son mostradas desde los recuerdos y percepciones de Rafael, quien a su vez está entregado a un proceso de mudanza en la ciudad donde vive en la actualidad. Pese a la similitud con otras obras postconflicto en su tratamiento desde lo íntimo, aquí los sucesos del CAI son tamizados por la memoria de uno de los hijos del “bando contrario”, del cual el cine peruano también ha situado y construido muy poco.

Salgado publicó en 2022 el libro testimonial De silencios y otros ruidos: memorias de un hijo de la guerra, vía la editorial Punto Cardinal, que da cuenta desde otra narrativa los hechos descritos en el film, así que de alguna manera estamos antes una suerte de díptico, ya que se trata de dos obras que se complementan. En el texto, Rafael Salgado detalla ambos sucesos, marcados por una posición innegociable de los derechos humanos. El autor trata de comprender la filiación de su padre con el MRTA, y contextualiza esa postura en el marco de un país extremadamente injusto, sumando su propia lucha por encontrar justicia ante la ejecución extrajudicial como parte de una práctica de terrorismo y violencia estatal.

Los cierres se ubica en la misma ruta discursiva que los documentales Alias Alejandro (2005), de Alejandro Cárdenas-Amelio, Aquí vamos a morir todos (2012), de Andrés Mego o  Tempestad en los Andes (2014) de Mikael Wiström, que desarrollan acercamientos a personajes vinculados a relatos sobre Sendero Luminoso o el MRTA como oportunidad de expadir los discursos usualmente silenciados o marginalizados por una oficialidad que suele optar por la idea de las víctimas químicamente puras de los tiempos del conflicto. Por ello, son films que interpelan la noción de víctima, cuya legitimidad desde los discursos oficiales depende de su pureza política y moral o de si son presentadas como sujetos afectados desprovistos de ambigüedad para hacerlos merecedores de empatía y reparación. Quienes militaron en Sendero Luminoso o el MRTA suelen quedar fuera de ese marco, aun cuando también hayan sido objeto de violencia, desaparición, tortura o ejecución extrajudicial. Su sufrimiento aparece subordinado a un juicio previo sobre su posición política, lo que restringe la posibilidad de pensar la violencia desde una perspectiva más compleja. Como señala Judith Butler en Frames of War: When Is Life Grievable?, los marcos de representación determinan quién merece duelo, empatía o reconocimiento. Y desde el panorama del cine peruano, siempre suelen ser condenados a priori, convertidos en un otro siempre maléfico, básico, unidimensional como si fuera una película de superhéroes y villanos.

Frente a ello, Los cierres interroga los límites del régimen de visibilidad construido alrededor del conflicto armado interno, y por ello deviene en una película incómoda. Al conceder la voz a sujetos históricamente excluidos del relato oficial, materializado en la visión de Rafael sobre las acciones y el asesinato de su padre, se desplaza la discusión hacia las condiciones mismas bajo las cuales ciertas memorias pueden ser narradas y otras son condenadas al silencio. Sabemos que el cine peruano, aquel que suele ser atacado por la ultraderecha rancia, ha tenido en realidad una visión conservadora con relación a quién sí se reconoce como víctima del CAI, produciendo jerarquías de reconocimiento que continúan modelando la representación fílmica o audiovisual del pasado reciente peruano.

Presentado en el marco de la 2° edición de LimaDocs, donde ganó el premio a mejor documental nacional, el film de Lucía Arellano tampoco se entrega totalmente al testimonio, sino que configura una narrativa donde Bruselas deviene en un lugar especial. Este recurso de colocar la voz en off de Rafael Salgado mientras vemos escenas urbanas de una ciudad obrera y migrante, producen una capa visual que permite el contrapunto, como si la dinámica de la urbe produjera una sensación de entrañamiento, propia para que surja la reflexión o introspección. Están las calles y barrios de Bruselas (incluida tomas de la placa en una plaza que rinde tributo al lugar donde nació gracias a Marx y Engels el Manifiesto Comunista en 1848), pero a su vez escenas de la vida cotidiana de Rafael junto a su esposa Noémie y su hija Micaela: ir al trabajo, cocinar, jugar, ir al parque o preparar la mudanza. La ciudad acompaña el testimonio fuera de campo de Rafael, y establece la evocación del pasado como una experiencia en el presente. Los cierres contrapone un espacio ajeno al conflicto armado peruano, desde el cual la memoria se reactiva y resignifica. Bruselas se forja como un territorio en suspensión, donde la cotidianidad del exilio posibilita la reflexión sobre una identidad atravesada por la violencia. Y en ese contexto, el nombre del film adquiere una connotación irónica. La ciudad deja de ser un fondo neutral para transformarse en un espacio de mediación entre memoria e historia, entre la vida doméstica y el pasado político, sugiriendo que el exilio no implica únicamente un desplazamiento geográfico, sino la construcción de un nuevo lugar desde el cual es posible revisar críticamente la experiencia vivida donde hay una voluntad de “cerrar” etapas, pero que al final de cuentas parece que no se logra.

Si bien Los cierres cumple la función de mostrar el retrato de un hijo de la guerra, como se autodefine Salgado, queda la sensación que construye a priori a su espectador: uno peruano (sobre todo limeño) que ya conoce y entiende los contextos a los cuales hace referencia. Sin esa base más amplia el film pareciera quedarse en los linderos del retrato, uno más emocional, pero ante todo individual, dejando de lado contextos más estructurales de violencia (tanto política como sexual) que siguen vigentes. Se comprende también esta decisión, sobre todo en un país donde el terruqueo es moneda corriente. Las estéticas atravesadas por el cuidado y la precaución.

Dirección: Lucia Arellano
Guion: Lucia Arellano, Federico Anastasi
Fotografía: Nuria Ishii
Diseño Sonoro: Juan Torres, Cristian Cárdenas
Músicalización: Colombina Parra
Reparto: Rafael Salgado, Noémie Nyst, Micaela Salgado
Péru, Bélgica, 2024, 72 min