
por Víctor Paz
Entre la afición al cine mudo hay una especie de regla no escrita de que toda proyección que se precie debe ir acompañada de música, y a poder ser ejecutada por artistas especializados que conozcan los códigos del lenguaje. En lo estético, se privilegia por supuesto el uso de una copia en celuloide, lo que puede resultar complicado para filmes de este periodo, no porque no existan proyectores, sino porque su fabricación original en nitrato las hace altamente inflamables y muy peligrosas si no se garantizan una serie de medidas de seguridad con las que pocas cabinas en el mundo cuentan. Por tanto, la mejor solución, cuando raramente existe, es una película más moderna que parta de ese nitrato original.
Todos estos astros se alinearon en la pasada edición de Il Cinema Ritrovato (Bolonia, Italia) para el pase de The Organist at St. Vitus’ Cathedral (Varhaník u sv. Víta, 1929), película checa dirigida por Martin Fric, que se pudo ver con copia del Národní filmový archiv, archivo nacional del país; y con acompañamiento a piano de Maud Nelissen, eminencia en el ramo, que alternó entre dos instrumentos, uno con notas más graves, próximas a las del órgano del título, para los momentos más dramáticos e intensos, otro de acordes más dulces para acompañar la narración en su conjunto.
La interpretación de Nelissen se sintió por momentos como algo diegético que emanaba directamente de la pantalla. La historia se adecúa a ello. La cinta gira en torno al organista de la catedral de San Vito, símbolo del skyline gótico de Praga, mandada construir en el siglo X por el legendario Wenceslao y solo terminada precisamente en 1929.
El músico de esta ficción es un personaje solitario, obsesionado con su trabajo, que se traslada del templo a su casa solo para las necesidades básicas y que vive casi como un ermitaño en medio de esta esplendorosa ciudad. Un día recibe la visita de un viejo amigo, quien le pide entregar una carta a su hija novicia con una suma de dinero antes de suicidarse. Asustado, el pianista entierra a su colega en el sótano y miente a la hija sobre este suceso, mientras la acoge a su salida del convento y ésta empieza un romance con un pintor que la ronda.
El guion, escrito por el poeta de vanguardia Vítezslav Nezval, debió ser ciertamente corto. Las cartelas son muy pocas, Fric confía todo a la narración visual y se preocupa poco de hilvanar la escasa trama. En realidad, The Organist at St. Vitus’ Cathedral fue concebida por sus productores para vender el esplendor urbanístico da la vieja Praga, así como la magnificencia de la recién acabada catedral. En este sentido, aunque la trama de la chica es mucho más luminosa, no se aleja mucho de grandes obras literarias del género gótico, tan en boga en esta ciudad, con El golem (Gustav Meyrink, 1915) como el ejemplo más famoso. Tiene el organista algo de fantasma de la ópera o de Quasimodo, pero con unas notas sin duda más dulcificadas. El desenlace, atendiendo al desarrollo, se antoja como especialmente feliz.
A pesar de todo, es ésta una gran película, precisamente porque es muy consciente de usar estos elementos como el envoltorio de lo que acaba siendo una suerte de sinfonía urbana gótica disfrazada de melodrama con elementos criminales. La película se abre con las campanas de la catedral, vistas de la urbe, el órgano inundándolo todo. Sobreimpresiones de varias imágenes crean líneas geométricas, al estilo de un collage vanguardista. La fotografía de Jaroslav Blazek saca jugo a la ciudad cuando el organista sale de su guarida al exterior. Usando superficies reflectantes y luces ocultas en grandes espacios, logra filmar con una impresionante profundidad de campo para las cámaras de la época. Un montaje vertiginoso hace el resto y, en el caso de esta proyección, la música de Nelissen propulsó todo al unísono. Las partes más realistas de la trama poco importan ante momentos como estos, que forman en realidad el corazón de una película con alma lírica. Una pieza que, en su cenit, se percibe como gozoso cine-concierto que deleita con la exuberancia de sus abigarradas imágenes. Posiblemente un pie de página en la historia del cine europeo silente, pero sin duda uno que merece la pena vislumbrar y oír, sobre todo como se hizo en Bolonia.
Dirección: Martin Fric
Guion: Vit?zslav Nezval.
Fotografía: Jaroslav Blazek
Productor: Vladimir Stransky
Reparto: Karel Hasler (organista), Oscar Marion (Ivan), Suzanne Marwille (Klara), Ladislav Herbert Struna (Falk), Otto Zahradka (padre de Klara), Marie Ptakova (la abadesa), Vladimir Smichovsky (posadero), Josef Kobik (vendedor), Milka Balek-Brodska (la doméstica), Roza Schlesingerova (la mujer de la catedral).
Checoslovaquia, 1929, 68