MAR DEL PLATA 2021: YO Y LAS BESTIAS DE NICO MANZANO Y ORPHEUS DE VADIM  KOSTROV

MAR DEL PLATA 2021: YO Y LAS BESTIAS DE NICO MANZANO Y ORPHEUS DE VADIM  KOSTROV

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Por Pablo Gamba

Hay dos películas en el Festival de Mar del Plata que se distinguen porque son musicales extraños. Tienen en común, además, que fueron hechas en dictaduras que algunos toman por democracias –por ingenuidad o cinismo, es igual–. Son la rusa Orpheus, de Vadim Kostrov, y la venezolana Yo y las bestias, de Nico Manzano.

Orpheus es el cuarto largometraje de Kostrov, que tiene 23 años de edad, y se estrenó en competencia del FID Marsella. El director compitió también este año con otras dos películas en Doc Lisboa y en el Festival de Documentales de Sheffield.

Como lo indica el título, Orpheus dialoga con el mito griego del músico que viaja al inframundo para traer de vuelta a su amada, Eurídice, de entre los muertos. Lo primero que puede venir a la mente, entonces, es una alegoría infernal de la Rusia de hoy. Pero, si bien la película está ambientada en Nijni Taguil, una ciudad minera y de industria metalúrgica, cuya decadencia se percibe en el deterioro de las viviendas, en la basura y en la indigencia, se desarrolla en un plácido verano. Lo alegórico, en todo caso, vendrían a ser esos días en los que el tiempo parece detenido para los personajes, que son adultos jóvenes salvo un hombre maduro que sirve de contraste.

Orpheus hace que este tiempo sea tangible desde la primera escena, que comienza con dos largos planos fijos de la protagonista, dormida, y su lento levantarse de la cama. Se inicia así un día de aburrimiento en el que ella se detiene a experimentar sensaciones como el calor del sol sobre las manos o las de su propio cuerpo, que acaricia echada en el piso, pero también a tocar la guitarra y a cantar para sí misma.

Hace música igualmente el que parece ser o haber sido su novio y que llega a visitarla por unos días, antes de partir de nuevo. Toca el piano, aunque no canta, y se dedica al cine. Se prepara para irse de la ciudad de provincia a la capital, como también lo hizo Kostrov para estudiar en la célebre VGIK. Parece ser el único de los dos que tiene trabajo o estudia, así como es el que más largamente habla cuando la pareja sale de noche y conversan al aire libre, aprovechando el verano. Se hace allí dueño del tiempo de la conversación con un monólogo sobre la vida de múltiples posibilidades que puede vivirse fuera del carril de la sociedad, su vida de Orfeo. Es la imaginación de lo que podría ser de otro lugar y de un tiempo no detenido como el de la chica.

Pero, la que realmente se sale de los rieles, a partir de allí es la joven y, con ella, la historia que relata la película. Primero, con el lugar común de la deriva del personaje femenino en crisis, que redimensiona estéticamente los aparentes descuidos que se percibían desde el comienzo en el manejo de la cámara digital al aprovechar el correlato entre el movimiento y las texturas del registro, y el estado de ánimo de la chica. Segundo, ella se revela como un personaje completamente diferente del que parecía ser y la narración comienza a descomponerse hasta disolverse en una fiesta de rockeros alternativos versión rusa, en la que tocan y cantan, y los que no, bailan.

El tiempo otro de la película se descubre allí como el de la confrontación de estos jóvenes con la Rusia actual. Se hace patente, sobre todo, en los motivos de la homosexualidad y el travestismo, tratados de una manera pudorosa que hace pensar en las posibles reacciones de un público que no es de biempensantes occidentales, pero también en la prohibición de la “propaganda” de la diversidad sexual. A pesar de su recato, Orpheus desafía las leyes rusas en la representación de sus personajes.

La pregunta por el público se plantea, asimismo, con relación a la música que esos chicos hacen, porque no se inscribe en una historia de búsqueda del éxito, como es lugar común en el musical, ni es esta una historia de amores tras bambalinas tampoco. Orpheus se perfila, así, como el que podría ser un musical existencial, cuyos personajes cantan y tocan para poder ser, para crear su tiempo y su espacio.

Yo y las bestias, primer largometraje de Nico Manzano, que se estrenó en el Festival Black Nights de Tallin, en el que participa paralelamente al del Festival de Mar del Plata, sí relata una historia habitual de este género. Andrés, el protagonista, busca triunfar en el rock alternativo, lo que es también su manera de enfrentarse con todo lo que le rodea, incluida la mediocridad de su trabajo, y de la sociedad decadente, corrupta y violenta venezolana, aunque la violencia queda siempre fuera de campo para evitar el lugar común “latinoamericano”. Pero esto lo lleva a entrar incluso en un conflicto estético y político con el grupo del que formaba parte, y a saltar sin paracaídas como solista.

Si bien esta película tiene en común con Orpheus la disidencia, otra diferencia es que el estilo lleno de luz y cuidadosamente trabajado, por lo que respecta a la dirección de arte, y la paleta de color en particular, ubica a Yo y las bestias en el campo del cine profundamente marcado por la estética del videoclip, aunque no se evidencie en la cámara ni el montaje, que es lo que más ocurre. Incluso a la manera de representar la percepción subjetiva que tiene Andrés de su mundo se le puede atribuir esta fuente.

Pero, hay dos problemas con Yo y las bestias. El primero es que el conflicto dominante del individuo con su entorno se debe principalmente a la percepción errada de su propia individualidad. En un contexto cuyos referentes reales fueran diferentes de los de esta película, esto no tendría que ser problema. Pero, con referencia a Venezuela, si es problemático incurrir –aunque haya sido sin conciencia– en el error de atribuir la falla decisiva no al sistema sino la gente que no logra entender su ubicación en la realidad, y que no puede, por tanto, cambiar el sistema. Esto conlleva un traspaso implícito de responsabilidad de los que dominan a los dominados por más críticas explícitas que haya a los que tienen cuotas de poder.

El otro problema se hace patente en la música que hace Andrés, sobre todo en las letras de las insólitamente calificadas de “pegadizas canciones” en el catálogo de Mar del Plata. Vale la pena comparar la expresión sencilla y directa de lo que cantan los chicos y chicas de Orpheus con la artificiosidad y las autorreferencias del artista que no crea su obra con gente sino con computadoras en Yo y las bestias, incluso con la naturalización del extractivismo en cómo se plantea apropiarse de la cultura indígena.

Esto es contradictorio con la representación del personaje que falla al enfrentarse con su entorno; pone en evidencia que el fracaso es del sistema social y cultural en el que Andrés aspira a triunfar. Su más profundo defecto “individual” consiste en que es parte de una sociedad en el que el arte alambicado que practica es usado por una elite para distinguirse, en que no es música del pueblo ni de la juventud. Que sobreviva en Venezuela una minoría como la que se representa en esta película, por más que sea con dificultades, tampoco se puede aceptar sin preguntas sobre cómo logra mantener su posición en medio de la miseria del país, y no tienen respuesta en Yo y las bestias.

Competencia Estados Alterados
Orpheus
Dirección, guion y montaje: Vadim Kostrov
Producción: Gleb Pyriatinskiy
Fotografía: Vadim Kostrov, Artemi Nilov
Sonido: Yuri Lomsadze
Interpretación: Anna Naumova, Vadim Kostrov, Viktor Firsov, Pavel Savchenko, Sasha Berger
Rusia, 2021, 116 min.

Competencia Latinoamericana
Yo y las bestias
Dirección, guion y fotografía: Nico Manzano
Producción: Alan Ohep, Ricardo Espinoza, Nico Manzano
Arte: Gustavo Maldonado
Montaje: Alan Ohep
Sonido: Erik Aldrey
Música: Nika Elia, Nico Manzano, Christian Mijares
Interpretación: Jesús Nunes, Gabriel Agüero, Estefanía Quijada, Irving Coronel
Venezuela, 2021, 78 min.

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