PANORAMA: LA VIE D’ADÉLE DE ABDELLATIF KECHICHE

PANORAMA: LA VIE D’ADÉLE DE ABDELLATIF KECHICHE

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Por Mónica Delgado

Es inevitable recordar tras ver La Vie d’Adèle de Abdellatif Kechiche a “la adolescente” del cine de Maurice Pialat, pero no porque exista el símil claro o directo sino mas bien por su fantasma, mitad represión y mitad furia. Está el espíritu en el estilo de las confesiones a lo Cassavetes, pero sobre todo en el modo en que se distribuye la presencia de la niña-mujer en su descubrimiento del mundo, en sus indecisiones y reacciones. Cuando aparece Sandrine Bonnaire en A nous amours, en esa primera escena de espaldas a la cámara, detenida en la proa de una yate mientras el viento le levanta sutilmente el vestido blanco, Pialat elige la fijación de esa contemplación ante el espectador, hacia ese personaje que poco a poco se va descubriendo. Así, Kechiche muestra en su primera aparición en escena a Adèle Exarchopoulos bajo el andar diario hacia la escuela, de espaldas, alejándose, para dejarse adueñar por el ojo del voyeur. El caminar de Adèle se convierte en motivo hasta el final de la película, testigos de su tránsito, y no es causal que también la veamos yéndose en la toma final, desde la pérdida y sin la fortuna del azar.

Las reminiscencias al cine de Pialat se vuelven luego mínimas, puesto que Kechiche toma un rumbo más explícito y menos centrado en la fuerza de lo familiar y en las intuiciones de los personajes. Para el cineasta tunecino hay un motor o eje que concentrará las intenciones de su historia de amor entre una estudiante adolescente y una pintora un poco mayor, el de las convenciones sociales dentro de un entorno de mente abierta o “moderno”. Y es esta transacción social entre Adèle  (Adèle Exarchopoulos) y Emma (Léa Seydoux), que Kechiche impone tanto el clima como deterioro de la relación. Hay dos escenas capitales que van a moldear la decisión de Emma a lo largo de la película: las cenas con los padres. Si con su familia se percibe el clima de franqueza, es donde precisamente Adèle revela su deseo poco ostentoso de ser maestra de escuela, lo cual genera la sugerencia de otras posibilidades. Y por otro lado, ella acude a la comida con la familia de la adolescente, y es allí donde se percibe el entorno conservador, cerrado, poco estimulante, simple, quizás a través de planos de rostros, a los que el cineasta somete. Kechiche aprieta a sus actrices entre estas dos situaciones, liberadas por las escenas de sexo casi explícito, donde explayan afinidad, pero también una estililización inusual si seguimos la lógica de ambos personajes.

Al comienzo de la película, Kechiche enfatiza un referente, la novela La Vie de Marianne de Pierre de Marivaux, como parte del diálogo entre estudiantes y profesor en una clase de Francés, y en la cual Adèle aparece atenta e interesada. Esta figura romántica y ciega, motivada por el amor, cuya cita aparece incluso en el nombre del filme, sobresale como inspiración en el rumbo de Adèle, en sus inquietudes al afianzar su opción sexual, y que va construyendo tras el primer encuentro con Léa Seydoux, su objeto de deseo. Esta primera parte de la película hay interés en mostrar esta evolución sentimental, mientras que en el segundo “capítulo”, aparece la efervescencia del enamoramiento y el trauma de la disolución. En ambas partes, Kechiche se siente seguro con los planos cerrados, para captar las expresiones de su musa, y para estar atentos a las reacciones de aquellos que la rodean (como la estupenda escena en la puerta de colegio donde es confrontada por su lesbianismo).

Quizás se notan claramente los altibajos de esta película en la innecesaria “racionalidad” del personaje de Seydoux, en sus citas a Sartre, en las discusiones sobre Egon Schiele y Gustav Klimt, como para dejar en claro que el universo al que ha entrado la sencilla Adèle está lleno de egos, manierismos existenciales y complejos “arty” . Sin embargo, el drama de diferencias culturales tiene sus mejores momentos en los arrebatos de Adèle, en sus bailes, en sus divagaciones, en las variaciones de azules en las imágenes que acompañan su recuerdo, en su intento de reconciliación, más allá de las intenciones del director voyeur.

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