
Por Mónica Delgado
Isan Odissey es una película magnífica sobre la alienación y la imposibilidad de salir del silencio o del letargo. La sutileza con la que el cineasta Thunska Pansittivorakul desarrolla este planteamiento no es una ruta de lo evidente. Al contrario, incluso en la sinopsis del Festival de Rotterdam fue promocionada como “un enriquecedor viaje musical”, pero es mucho más. Es una película antiimperialista a su manera, que describe cómo aquello que nació bajo el signo de la protesta y la crítica social ha sido desmantelado por las imposiciones de la eterna monarquía y el nacionalismo en el poder y otros factores como injerencias extranjeras. Todo ello exhumado desde la actualidad o las transformaciones en la cultura popular.
Este documental tiene tres partes: la primera enfocada en el mundo de la música popular del Mor Lam; la segunda, sobre líderes estudiantiles comunistas desaparecidos o asesinados con apoyo de agentes de la CIA, y la tercera, que funciona a modo de epílogo, sobre la mirada de un joven fotógrafo y skater, que echa de menos una sociedad en lucha. A partir de estos tres focos, el cineasta va construyendo una mirada en torno al olvido y la represión, y cómo, sobre todo, desde el contexto de la Guerra Fría, la persecución comunista, el papel de EEUU y el culto fuerte a la monarquía han devenido en algunas expresiones populares, como canciones de amor que mantienen a la población entretenida. Pero, no es que este sea un film panfleto o de activista, al contrario, es un documental que deja a hablar a sus personajes para construir una parte de la historia de Isan, al noreste del país.
Todo el inicio del documental puede verse como una oda queer a los cantantes y bailarines del Mor Lam, caravanas de música popular muy famosas en Isan, una de las regiones más pobres de Tailandia, y cuyo abandono parece responder a un pasado antimonárquico y a la estigmatización debido a su cercanía cultural y territorial con Laos. Thunska se detiene en indagar tras bambalinas, y de la mano de voces en off, cómo estos jóvenes bailarines optaron por trabajar en este espacio del espectáculo y libertad, plena de glamour en el escenario pero con historias familiares de pobreza y exclusión detrás. A su vez, nos muestra estas coloridas caravanas también desde su paradójica precariedad, donde antes y después de las presentaciones llenas de brillo, lentejuelas y diademas plateadas, se hacen ollas comunes, se improvisan camerinos y vestuarios, o se usa el césped del terreno para descansar tras los ensayos o shows. El cineasta muestra esa cotidianidad de manera sublime, cercana, incluso con admiración por el esfuerzo de llevar este tipo de entrenamiento a diversos poblados de Isan. Aunque hay un contrapunto: una voz en off va articulando argumentos en torno a la historia de ritmo musical que poco a poco fue dejando la crítica social para hablar de romances frustrados.
La segunda parte comienza en un poblado a orillas del río Mekong donde un grupo de jóvenes son entrevistados. Se deja atrás el mundo deslumbrante del Mor Lam para situar el documental en el seguimiento de un personaje histórico casi olvidado, un estudiante adscrito al partido comunista que fue torturado y asesinado con apoyo de la CIA. Este homenaje que realiza el cineasta tiene su propia estética, con planos fijos de los rostros de los habitantes de la región, con entrevistas con un grupo de jóvenes que desconoce la historia de sus héroes locales y con la inclusión de un performer, quien baila un ritmo urbano mientras una voz en off de una mujer describe pasajes de la vida de este activista comunista que murió de manera cruel.
Y dentro de esta hibridez, Thunska inserta escenas en la tercera parte del documental que parecen dislocar lo visto hasta el momento, como presentar a un fotógrafo joven nadando en una piscina desde una perspectiva homoerótica, luego cambiándose de ropa para tomar su cámara e ir a algún santuario. Estas imágenes son acompañadas por la voz en off del personaje mientras recorre estos lugares emblemáticos de una memoria espiritual, donde se interroga por un entorno adormecido y que no tiene visos de cambio.
Para aquellos que hemos seguido la obra de Thunska Pansittivorakul sabemos su interés en ir más allá de la convención audiovisual, usando herramientas de un cine provocador, en una indagación sobre la política y los cruces con la sexualidad, el recorte de libertades o la crítica a los nacionalismos, como sucede con The terrorists (2011), Supernatural (2014) o Homogeneous, Empty Time, codirigida con Harit Srikhao. Con sus trabajos previos se ubicó como un cineasta queer, enfocado sobre todo en relatos sobre personajes gays desde una cercana corporalidad desde diferentes contextos históricos o ficcionales. En Isan Odissey están también esos elementos que han caracterizado el cine de Thunska, a partir de un tratamiento sinuoso de los cuerpos masculinos, desde fascinación y embelesamiento (como la escena del baile urbano o la presentación del personaje del fotógrafo). Sin embargo, pese a que estamos ante su documental más convencional, asoma de todas formas esa posición en torno a una Tailandia posible, donde conviven la memoria y el deseo, y donde se abre camino otro tipo de empatía, al rescate de una historia de los afectos, en homenaje a un Mor Lam combativo no totalmente perdido.
Isan Odissey
Director: Thunska Pansittivorakul
Reparto: Mok Lachantra, Krid Prarom
Productor: Krittawit Rimtheparthip
Guion: Thunska Pansittivorakul
Cámara: Phassarawin Kulsomboon, Peasadet Compiranont, Thanakorn Chockhirunkarn
Editor: Thunska Pansittivorakul
Diseño de producción: Thunska Pansittivorakul
Diseño sonoro: Chantanin Supath
Música: Chantanin Supath
Tailandia, Lagos, 2026, 80 min