CINE PERUANO 2025: UN VISTAZO DESDE EL FUTURO

CINE PERUANO 2025: UN VISTAZO DESDE EL FUTURO

Por Benji Porras

Cuando en el 3025 los historiadores de este rincón del sur, que quién sabe qué nombre llevará, investiguen los antecedentes de esta tierra, buscarán también una fórmula para vender su trabajo. Un “enfoque” que mantenga contento a su editor, a su tecno-señor feudal o a su algoritmo. En cualquiera de los casos alguien lanzará una propuesta extremadamente creativa: “Un día como hoy…”. Quizás un poco más ambiciosa: “2025: ¿Qué sucedió hace un milenio?”. Buscar en internet no sería una opción. En los primeros cien años de inteligencia artificial se habría generado tanto contenido que hubiera sido físicamente imposible almacenar un solo frame más de gatitos peleando con Shrek. Razón por la que el reseteo de servidores y borrado masivo de contenido habría comenzado a ser un protocolo habitual. Billones de fotos, tweets, videos y artículos eliminados para siempre. Para estudiar esta época se recurrirá a formatos físicos o a aquellos digitales con buck up. La mayor parte del material se habría destruido pero centrarse en disciplinas culturales con una tradición estudiada seguiría siendo la mejor opción para encontrar estas fuentes. Algunos se abocarán la literatura. Otros, querrán ir por los periódicos y solo encontrarán recortes ilegibles entre la bosta fosilizada de las vacas. De la música se ocupará un grupo de veinte personas. Y del cine no se encontrará nada. Sin filmoteca, con las productoras quebradas, sin una IP valiosa… nada.  Pero el cine seduce todavía a ciertos humanos y un par de historiadores seguirán buscando. En cuestión de segundos se transportarán a lo que se llamó Lima. “Seguro un buen hombre blanco conservó películas en su disco duro” pensarán. Y será verdad. No obstante el buen colorado habrá perdido todo en un embargo tras evadir impuestos. Rastrearán viejas universidades, escombros de casas de profesores y cineastas, centros de reeducación y búnkeres escondidos. Llegarán al fin a tener un mapa del cine peruano del 2025.

Cuando esto suceda, ¿qué se podrá saber del Perú de nuestro presente viendo solo las películas 2025? En la ficción se observará que la tendencia a contar historias en clave de género se mantiene. Con comedias como Soltera, casada, viuda, divorciada 2 (Ani Alva Helfer) y comedias musicales como Locos de Amor (4): Mi primer amor (Miguel Valladares) o Los patos y las patas (Guillermo Castañeda). El terror, registro persistente del cine peruano, sigue presente con cintas como La habitación Negra (Pedro Flores Maldonado), La lágrima del diablo (Gonzalo Otero) o, inclinándose al thriller, Cuadrilátero (Daniel Rodríguez Risco). Sin embargo, algo distintivo de este año, sería la irrupción de la acción como género adoptado por los realizadores de cara a un público masivo. En este lugar tenemos a Alfa y Bravo (Aaron Otoya), El correcaminos (Barney Elliott) y Chavín de Huántar: el rescate del siglo (Diego León). La insistencia con el cine de género es tal que se encontrará evidencia de un festival universitario, el principal, cuyo formato impulsa la formación de cineastas adscribiéndolos en el terror, la comedia o el drama.  El ganador del UNIFEST 2025 fue el cortometraje puneño Phuju (Kelvin Huanacuni) y como otra muestra de la relevancia que parece cobrar la acción, podemos señalar que el festival anunció que reemplazará a la comedia en la siguiente edición.

Este aparente desplazamiento de la comedia, tanto en taquilla como en el interés de los productores “puede deberse al registro sonoro tan monótono que tienen la mayoría de comedias de Lima” especularán, la misma dicción, los mismos acentos, junto a las tramas repetitivas el mismo sonido que por insistente se vuelve aburrido. Crítica de la que sorprendentemente se salva My Storylof (Benjamin Doig) que asumiendo su pertenencia a una burbuja de clase media alta, no busca disimular su forma de hablar ni hacerla inteligible. Entregándonos así un resultado con defectos pero más fresco que el promedio de producciones del sector AB. Todo lo contrario se puede decir de La lágrima del diablo, un falso found footage grabado en Perú que quiere imitar tanto a The Blair Witch Project que hasta adopta su idioma. Una película peruana hecha en inglés, un recurso que lejos de ser un dispositivo vanguardista interesante es meramente una rendición a las exigencias de la coproducción. La película cumple con ser una adaptación correctamente filmada, pero no tiene nada de nacional. Este no es el único film que la coproducción ha perjudicado. Pucallpa la Europea (Santi Zegarra) es una propuesta de autor con actuaciones formidables y una premisa original que indaga en la historia de una mujer trans y su entorno, pero el tratamiento del personaje francés está tan desconectado de la obra que termina por desechar todo lo bueno. Un final condescendiente que subordina el retrato de una sensibilidad amazónica al colonialismo. La coproducción internacional ha sido una oportunidad de financiamiento importante para los cineastas de nuestro tiempo, pero también puede ser un clavo en el ataúd de sus proyectos.

Por otro lado, cuando los historiadores del futuro terminen de ingerir sus alimentos inyectables y comiencen a ver los documentales del 2025 verán cómo parecen contener propuestas más sólidas, más vivas que la ficción. Eso de estar inventando situaciones hipotéticas no le salió a nadie. Observarán un creciente interés por la amazonía peruana con documentales como La memoria de las mariposas (Tatiana Fuentes Sadowski), Ino Moxo – El sueño del brujo (Rodolfo Arrascue), Shiringa, Genocidio y Resistencia en la Amazonía (Wilton Martínez) y Karuara, la gente del río (Miguel Araoz, Stephanie Boyd). Sobre todo, advertirán la sensibilidad formal de Ino Moxo y de Vino la noche (Paolo Tizón). Este último, un largometraje que lleva la cámara a la intimidad recia de un cuartel militar, con un dominio de la puesta en escena, luces y encuadres que lo acercan a un planteamiento experimental sin perder el pulso narrativo preciso. Así, los hombres del tercer milenio habrán encontrado la que quizás es la mejor película de este año.

Uyariy (2025) de Javier Corcuera

Pero en todas las obras. Del documental a la ficción. De la notable Vino la noche, pasando por la extraordinaria Punku (Juan Daniel F. Molero) hasta la horrible Astronauta (Paul Vega) hay un déficit con el presente. Ninguno de los films encontrados hacen referencia directa, con nombres y apellidos, a los sucesos políticos que marcan su tiempo. Por supuesto, en varios de ellos están presentes las tensiones que vivimos. La inseguridad amenazante en Pucallpa la Europea. El terruqueo en 1982 (García JC), la polarización en El corazón del lobo (Francisco Lombardi), la violencia sexual en Los inocentes (Germán Tejada), el resentimiento justo en Los Indomables (Tito Catacora) o la obsesión con las redes sociales en La habitación negra. Claro, esta observación atañe sobre todo a las ficciones ambientadas en un presente y a los documentales. ¿Qué dicen nuestras películas sobre el desmantelamiento que el estado viene sufriendo? ¿Qué sobre el pacto de mafias que gobierna? ¿Qué sobre las masacres del 2023? ¿Qué sobre Keiko Fujimori, sobre Pedro Castillo, sobre Dina Boluarte? No es una reclamo a las obras – no intrínsecamente, no a todas -. Vino la noche funciona perfectamente sin nombrar nada de esto, al igual que otras. Es, sobre todo, señalar una ausencia notable. Existe en nuestro cine una dificultad para articular nombres propios.

La que más se acerca es Políticas Familiares (Martín Rebaza Ponce de León), documental donde el director graba a su familia durante la campaña política de su padre, quien postula por el partido que reivindica al exdictador Alberto Fujimori. No obstante Rebaza es tímido, especialmente en el montaje, la conversación política se rodea, se aborda a penas para sugerir las tensiones que subyacen a su familia y a la sociedad. El potencial de la premisa, sin embargo, sostiene con soltura a la cinta, aunque esta lo evite tangencialmente. 

A eso que ha quedado fuera de campo en la producción anual, le podemos asignar causas posibles. Miedo a caer en el panfleto, a confundirse con el reportaje, a las consecuencias políticas, a la menor distribución o simplemente por el prestigio que posee la ambigüedad. Causas lógicas que en el futuro quizá ni se les ocurra si el cine ni siquiera las nombra. Con suerte, esos historiadores encontrarán también a Uyariy (Javier Corcuera), un documental que pasó brevemente por el Festival de Lima y cuyo estreno sería a pocos días de empezar el 2026. Una cinta que interpela directamente a su actualidad y recoge, sin manierismos,  los testimonios de los familiares de los asesinados por el Estado en Juliaca en 2023. Con un trabajo musical que le da centralidad al duelo y una fotografía que une material de archivo y filmaciones propias para mostrar el dolor de nuestros días. Con suerte, para esos habitantes del futuro, Uyariy será un foco que arroje luz sobre nosotros. Con suerte, para nosotros será un horizonte que se expanda en la cinematografía de los años que vienen. En tiempos de crisis tan profundas hace falta un cine político que mire cara a cara a la realidad para nombrarla.