CURTAS VILA DO CONDE 2026: DEL ARCHIVO

CURTAS VILA DO CONDE 2026: DEL ARCHIVO

por Víctor Paz

La última edición del Curtas Vila do Conde galardonó como mejor documental, de forma merecida, a Plan contraplan (Radu Jude, Adrian Cioflânca, 2026). Dividida en dos partes muy reconocibles, la primera se centra en las propias instantáneas que el fotógrafo norteamericano Edward Serotta tomó de la comunidad hebrea en Rumanía entre los años 85 y 87. Serotta, de origen judío, aunque no practicante, llegó a Bucarest con la simple idea de documentar la vida bajo el régimen de Nicolae Ceausescu, pero poco a poco y de forma natural fue centrándose cada vez más en el día a día de estos habitantes, que lo acogían en sus casas con los brazos abiertos. La suya es una fotografía de tipos, sobre todo de rostros y paisajes. Austera, en blanco y negro, pulcra, bella, y de alma fotoperiodista. Es magnífica y puede consultarse en su web edwardserotta.org.

Fue para Serotta el inicio de un viaje de unos quince años, que lo llevaría a retratar las comunidades judías de prácticamente todos los países de la antigua esfera soviética, convirtiéndose en uno de los mejores cronistas de los últimos años de estas repúblicas y capturando la vida hebraica en naciones como Ucrania, Bulgaria, Yugoslavia, Hungría, Polonia o la propia Rumanía. Todo esto lo cuenta en voz en off, entre tantas otras cosas, sobre sus fotografías, en esta primera parte de la película. Tan sencillo como eso. Como si Jude y Cioflânca quisiesen empaparse de su estilo directo y sin florituras para realizar un retrato que es, al mismo tiempo el del fotógrafo y el de su propio país a mediados de los ochenta. La imagen que se pinta no es esplendorosa, sino la de una gran necesidad, en la que se pasaba frío, mucho frío, en las casas sin calefacción en el invierno. Un lugar donde la comida escaseaba o era pobre; en el que el tabaco extranjero de estraperlo era divisa que abría puertas en hoteles y dependencias policiales, como bien explica Serotta. El fotógrafo era muy consciente de ser seguido en todo momento por una secreta que no disimulaba mucho su presencia. Parte de este retrato es el de un hombre vigilado, el de un país entero bajo sospecha.

Así, en la segunda parte, Jude y Cioflânca tienen el mismo mimo por el material de archivo que utilizan, pero dan el contraplano con los informes policiales y las fotografías que los miembros del orden tomaron de Serotta en todas sus visitas a Rumanía. En contraste con las palabras cálidas e improvisadas del fotógrafo en entrevista con los cineastas; las de esta segunda parte son frías, descriptivas, anodinas y funcionales. Lo mismo ocurre con las imágenes. Una mujer lee el texto de manera plana y desapasionada. Su contenido no deja mal a Serotta, quien es descrito como un individuo atento y amable, con pocos visos de agente contrarrevolucionario. Sin embargo, las dinámicas que se revelan hablan más del propio régimen de Ceausescu que del presunto retratado. Es éste un sistema tan burocratizado alrededor de una ideología neurótica, obsesionada con el control y con buscar enemigos donde no los hay, que acaba por generar para sus ciudadanos un estancamiento de base. Es ésta una realidad gris, que Jude y Cioflânca revelan por el simple reencuadre de una fotografía o el leer entre líneas de los informes. Un ejercicio tan mínimo y austero como certero; muy en línea con sus documentales conjuntos previos. Que nadie espere aquí al Jude más expresivo y alocado de sus ficciones, porque no lo encontrará.

El documental de archivo dio otras alegrías en el festival. Analizaremos muy brevemente dos más. La portuguesa Inês Pedrosa e Melo tiene una carrera breve, pero muy prometedora. Especializada en antropología audiovisual, su última pieza la ha producido como parte de sus estudios doctorales en la Universidad de California, Santa Cruz. En ella recoge varios testimonios elegidos de entre miles de cartas de la Society for Human Abortion, que en los años 60 y 70 ayudaba a las mujeres que así lo deseasen a cruzar la frontera a México y abortar allí, dada la prohibición, todavía hoy vigente, en muchos estados norteamericanos.

Esta pieza se titula The Dark Knot at the Center (2026) y combina estas misivas leídas por mujeres que las interpretan con viajes filmados desde esos estados hasta México, mezclando imágenes actuales con otras de archivo. Es un método sencillo, pero el resultado es poderoso y, como en la anterior película, muestra un respeto absoluto por el material de origen. Lo que se traslada es el relato a varias voces de una experiencia traumática, ejecutado casi a modo de terapia. De lo personal, acaba emergiendo una estampa con mucho fuera de campo. El alcance político de la propuesta y su posible actualidad queda a juicio de quien mira y escucha, sin pontificados exprés de una Pedrosa e Melo demasiado inteligente como para convertir la cinta en un panfleto.

Ya fuera de competición oficial, conviene citar el último trabajo de la inglesa Miranda Pennell, a la que el festival dedicó además una retrospectiva con exposición. Su cine lleva unos quince años centrado en abordar de forma crítica los documentos visuales del pasado colonial británico. Siempre lo ha hecho con fotografías, revelando significados ocultos dentro de la imagen a través del reencuadre y mediante la construcción de ricos espacios sonoros. En A Person of the Forest (2026) usa por primera vez imagen en movimiento de archivos neerlandeses para estudiar el impacto colonial en Sumatra. Cuenta también con una voz en off que guía al espectador por las distintas actividades comerciales que se van desgranando, como la minería, las explotaciones de caucho o el cultivo del tabaco. Es esta voz la de un orangután disecado, que en su momento viajó desde la isla indonesia hasta Holanda en barco para ser expuesto en un zoológico. Un poco como King Kong. En la cinta actúa de presencia fantasmal, molestando juguetonamente al colonizador que merece castigo.

Hay una cierta tendencia en el cine de ensayo reciente a tomarse estas metáforas parlantes demasiado a pecho. Pepe (Nelson de los Santos Arias, 2024) y Dahomey (Mati Diop, 2024) son dos buenos ejemplos de ello. Es de agradecer que Pennell no opte por estas dramatizaciones excesivas de la palabra simiesca, que distraerían, más que otra cosa. En su lugar, ella misma pone voz al animal en un registro sencillo y sutil, nada engalanado, con notas de ironía. Así, en combinación con una selección de imágenes debidamente ordenadas en un correcto equilibrio entre lo histórico, lo antropológico y lo político; este retrato de la explotación europea en Sumatra resulta entretenido, a la par que relevante.