
Por Fernanda Olvera
Portrait of a Lady on Fire (2019) es un drama histórico dirigido por la cineasta francesa Céline Sciamma que funciona como un lienzo de las emociones que florecen desde su trama, al conocer y, posteriormente, amar a una mujer desde el desconcierto por el futuro. La historia ocurre en medio de un silencio obligado por el hecho de ser mujer; un aislamiento que se intensifica al ser un personaje sáfico en la sociedad francesa del siglo XVIII, la cual invisibiliza su existencia.
Bajo esta premisa, se nos presenta a Marianne (Noémie Merlant), una pintora que deberá retratar en secreto a Héloïse (Adèle Haenel), antes de su inminente matrimonio con un hombre desconocido. Marianne, en su propio contexto de libertad y privilegio inusuales para una mujer de la época, invisibles para ella misma, se puede permitir elegir su profesión, su religión, su estado civil, su futuro y aquello a lo que le da importancia. En contraparte, Héloïse nos revela cómo se condiciona la libertad femenina sistemáticamente entre ser novicia o novia ante las exigencias y expectativas de la sociedad. Sin embargo, la fuerza de su historia radica en su imposibilidad de ser retratada anteriormente por un hombre, dado que ella se niega a posar: una imagen que la espera antes de que ella siquiera haya tenido voz y voto. Un pesado legado represivo que su madre y hermana, quien se ha quitado la vida, le han heredado.
En primer lugar, Portrait of a Lady on Fire se presenta como ejercicio de contemplación. El mismo guion se encarga de recordarnos que para lograr un retrato auténtico se deberá tomar el tiempo para observar, sin apresurar nada: las miradas silenciosas, las conversaciones en un mismo idioma, el acto de poder reír y compartir en el mismo espacio, teje poco a poco la historia de estas mujeres y el acompañamiento que se brindan unas a otras. La conexión genuina nace de un entendimiento al que no habían podido acceder antes, mientras un pacto de secretismo se rompe entre ellas cuando deciden hablar con la verdad. Deja entrever con profundidad temas femeninos poco retratados con dignidad en el pasado, como la herbolaria históricamente usada entre mujeres para tratarse a sí mismas, la menstruación, el aborto, la experiencia queer femenina, el matrimonio arreglado y la autorrepresentación. Pero sobre todo, destaca la lejanía o naturalidad con la que Marianne ha interiorizado ver situaciones como la de Héloïse.
A través de planos fijos, se explora la sensualidad y erotización femenina desde otra perspectiva. Iris Brey ya lo dijo en Le regard féminin – Une révolution à l’écran en 2020: “Una colección de imágenes que nos invitan a desear de otra manera, a explorar nuestros cuerpos, a permitir que nuestras experiencias nos conmuevan y nos afecten profundamente. Es preciso nombrar y definir estas imágenes”. Este filme realiza justo eso, una apreciación de los cuerpos femeninos, de señales, de diálogos cercanos y de muestras de afecto que no residen desde el deseo inmediato constante, sino de la necesidad imperiosa de conocerse poco a poco, de conectar la una con la otra de una forma en la que solo entre mujeres se aprende. Esto se hace evidente en la escena donde Marianne decide quemar su primera pintura antes que entregarla a la madre de Héloïse. Primero, por la negativa de Héloïse, y segundo, por su propia certeza de que la obra no era honesta. No había en ella una ventana real a los sentimientos ni a la experiencia vivida; era tan solo una mirada superficial vacía.
Marianne se entrega entonces a conocerla durante cinco días más, lo que le permite interpretar lo implícito: la falta de autonomía y sumisión social a la que Héloïse está sometida, la mirada insensible con la que el mundo exterior suele objetivar a las mujeres, el complejo amor que surge entre ellas y la limitada comprensión que existe del acto de entregarse a alguien sin realmente conocerse. De esta conexión surge un retrato completamente nuevo. Una mirada distinta, capaz de comunicarse por sí sola, de contar una historia sin decirla explícitamente, un reflejo de lo que una mujer vive y siente. Un acto en el que, bajo el deseo profundo y la desesperación de no poder elegirse, no saben cuándo terminar; simplemente lo hacen.
De esta manera, la Céline Sciamma opta por una sensibilidad visual honesta que mira al cuerpo femenino por lo que es, no por lo que se espera que sea. Ninguna escena de intimidad recae en lo vulgar, cosifica los cuerpos o cae en la búsqueda de un ideal imposible. Muchos momentos íntimos se omiten porque no son necesarios. Y la convención de musa y artista cambia, cuando ambas aprenden a leerse sin jerarquizar sus poderes. El cuerpo femenino en el metraje no es el fin, sino el medio con el que se narra la subjetividad interior emocional de una mujer vista a través de otra. La cinta se reapropia de una narrativa en la que las lesbianas han sido constantemente sexualizadas para el deseo de un espectador masculino que no comprende (ni le interesa) el deseo femenino, la experiencia queer o su corporalidad. Aquí los personajes masculinos no ejercen ninguna agencia ni protagonismo, y la historia no fue escrita por un hombre heterosexual cisgénero; esta ausencia habla.
La puesta en escena es poética, contemplativa y reflexiva por sí misma; la trama se sostiene en la apreciación de los detalles, como los colores que representan a ambas mujeres: Héloïse con tonos fríos y Marianne, con cálidos, reflejando los estados emocionales en los que se encuentran cada una. Aunque después de su separación, Marianne regresa a los fríos por la probable memoria de Héloïse. Lo mismo ocurre con las locaciones, que nos mantienen en dos puntos clave: la costa y la casa. Durante el planteamiento del conflicto no salimos de estos lugares; funcionan como escenarios que encierran la represión que atraviesan. Permanecen en un refugio aislado del exterior, donde nadie puede dañarlas, lo cual hace su relación más profunda, sí, aunque no puedan ser vistas ni escuchadas públicamente. Además, Marianne dibuja su propio autorretrato desnuda en la página 28 del libro de Héloïse, la cual se convierte en un recordatorio de este aislamiento y clandestinidad; un secreto que Héloïse conservará para siempre, incluso cuando estén separadas y obligadas a vivir vidas heteronormativas.
Por esta razón, Portrait of a Lady on Fire constituye uno de los ejemplos más sólidos de una visión plenamente artística que no busca el morbo ni la aprobación de voces ajenas a las representadas. Y aunque el guion no se aleja del drama y el desenlace trágico recurrente en las narrativas sáficas de la filmografía moderna, esta vez su separación no ocurre únicamente desde la represión, sino desde la posibilidad de reconocerse como iguales y apreciar su recuerdo mutuo, lo que a su vez conecta con el mito de Orfeo y Eurídice; el arte y la memoria se convierten entonces en el espacio de resistencia donde el silencio obligado no puede borrarlas. Marianne misma lo afirma reinterpretando su obra. Así, Sciamma no solo pinta una historia de amor, sino una nueva manera de mirar: una mirada femenina queer que se admite y se afirma en su propia existencia.
Portrait of a Lady on Fire (Portrait de la jeune fille en feu)
Dirección: Céline Sciamma
Guion: Céline Sciamma
Cinefotografía: Claire Mathon
Compañía productora: Production Companies, Lilies Films, Arte France Cinéma.
Francia, 2019, 121 min