PUT YOUR SOUL ON YOUR HAND AND WALK: LA VOZ Y MEMORIA DE FATMA HASSONA

PUT YOUR SOUL ON YOUR HAND AND WALK: LA VOZ Y MEMORIA DE FATMA HASSONA

 

Por José Luis Salazar Gallardo

Presentada en la sección paralela ACID del Festival Internacional de Cine de Cannes y en el pasado Festival Internacional de Cine de Guanajuato, Put Your Soul on Your Hand and Walk es un documental de Sepideh Farsi en el que, a través de videollamadas con Fatma Hassona, recupera la voz de quien fuera no solo una refugiada en Gaza durante uno de los momentos más violentos de la ocupación israelí, sino también una brillante y comprometida fotógrafa, una alegre poeta y, sobre todo, una amiga.

En una entrevista concedida a The Guardian tras la selección de la película en Cannes, Farsi declaró que su interés nació al leer los obituarios y titulares sobre la barbarie ocurrida en Gaza tras el 7 de octubre de 2023. Viajó a El Cairo con la ingenua esperanza, según sus propias palabras, de cruzar la frontera hacia Gaza. Pronto entendió que sería imposible. Fue mientras filmaba a refugiados gazatíes en Egipto que uno de ellos se ofreció a ayudarla, poniéndola en contacto a través de videollamadas con Fatma, quien vivía en el barrio de Al-Tuffah, en Gaza.

“El denominador común era que nunca había una voz palestina allí… Teníamos distintos puntos de vista: el estadounidense, el europeo, el egipcio, el israelí, pero nunca el palestino. Empezó a molestarme mucho, y llegó un momento en que ya no pude soportarlo”, declaró Farsi. Ese malestar resuena con lo que Edward Said ya había formulado en 1979 en La cuestión palestina: que la lucha por la validación del desplazamiento de un pueblo también se libra en el terreno de la representación: “Cualquier director de cine que se respete y que planifique una película sobre alguna atrocidad actual —y probablemente inventada— no dejará pasar la ocasión de introducir a un palestino en su reparto como una especie de terrorista con carnet… A los palestinos se les ha asociado canónicamente con todas las características de los refugiados que —dependiendo de la ocasión— se pudren en los campos, representan una ‘pelota’ política utilizada por los estados árabes, son terreno de cultivo para el comunismo, tienden a procrear como conejos, etcétera”. “La identificación del sionismo y el liberalismo en Occidente significó que, en la medida en que había sido desplazado y desposeído en Palestina, el árabe había dejado de ser persona; tanto porque el propio sionista se había convertido en la única persona en Palestina como porque la personalidad negativa del árabe (oriental, decadente, inferior) se había intensificado”.

Farsi, por sus propios medios, parece compartir las mismas intuiciones que Said expresó hace más de cuatro décadas: que la desposesión no solo es territorial, sino también simbólica. Una conclusión que, en los últimos meses, ha adquirido eco global frente a las imágenes innegables de la masacre en Palestina.

Un ejemplo puede encontrarse en el propio Festival Internacional de Cine de Guanajuato que, junto a la obra de Farsi, exhibió Yalla Parkour de Yareeb Zuaiter y By Bye Tiberias de Lina Soualem, y se pronunció abiertamente por una Palestina libre. Este gesto no fue aislado. En junio del año pasado, la Universidad de Guadalajara condenó públicamente el genocidio en Gaza y exigió un alto al fuego durante la celebración de su Festival Internacional de Cine de Guadalajara, donde se proyectó No Other Land, ganador de la Berlinale y, meses después, del Óscar a Mejor Documental. Sin embargo, este último pronunciamiento parece haber quedado como un performance que ya ha caído en el olvido, especialmente si se contrasta con la estrechez institucional y la colaboración activa que mantiene la Universidad de Guadalajara con organismos y universidades israelíes.

Ese mismo mes, FICUNAM dedicó un foco a la cineasta libanesa Jocelyne Saab, cuya obra se centra en la guerra civil del Líbano y el conflicto con Israel. Un año más tarde, su compromiso con Palestina se hizo aún más explícito con la proyección de trabajos de Jean-Luc Godard y Anne-Marie Miéville, así como de Cyber Palestine, de Elia Suleiman, acompañados de un pronunciamiento institucional explicito.

En DOQUMENTA, la proyección del cortometraje documental El sueño de Kamal, de Miguel J. Crespo, estuvo acompañada este año por la visita de la familia de Shadi Abed. Junto con el director, conversaron con el público y con colectivos locales sobre la situación en Gaza, dejando clara la posición del festival y sus organizadores. Una postura similar a la que, año con año, sostiene Ambulante, que ha programado títulos como Palestine Dancing y Three Promises; o DOCSMX, que retomó No Other Land; o incluso, cruzando el mar y fronteras, en el Festival Internacional de Cine de Costa Rica con títulos palestinos o en el Festival de Cine de La Habana que dedica una sección especial titulada Cine por Palestina.

Por contraste, el Festival Internacional de Cine de Morelia emitió este año en su conferencia de prensa un escueto y ambiguo llamado a la paz, en lo que pareció un intento de apaciguar a los colectivos propalestinos que, durante la edición anterior, interrumpieron la alfombra roja de 1992, película dirigida por el exmilitar israelí Ariel Vromen. Una situación similar ocurrió en BAFICI y en el Festival de Mar del Plata, donde el silencio institucional motivó que artistas y cineastas, como Alex Reynolds, retiraran sus películas de la programación.

Los esfuerzos, sin embargo, no se limitan a México. La Cinemateca de Bogotá, la Cineteca Nacional de México, el Centro para las Artes Contemporáneas de Glasgow y festivales como el de Valdivia han roto relaciones con la distribuidora MUBI, negándose a exhibir sus filmes o a colaborar con su muestra anual MUBI Fest, tras conocerse su vínculo con Sequoia Capital, firma que invierte en sistemas de defensa y tecnología militar israelí. A esto se suma la oposición explícita de más de 60 cineastas que han anunciado su ruptura con la plataforma: Aki Kaurismäki, Miguel Gomes, Matías Piñeiro, Alexandre Koberidze, Nadav Lapid, Radu Jude, entre otros.

En medio de este contexto es que Farsi comienza a grabar una serie de videollamadas sostenidas durante meses con Fatma, una joven de 24 años que apenas sobrevive, junto a su familia, en un pequeño departamento en Gaza, mientras la comida escasea y los edificios a su alrededor son sistemáticamente bombardeados. En cada conversación, Fatma revela fragmentos de sí misma: su gusto por la poesía y la fotografía —esta última, una herramienta con la que documenta la vida cotidiana en Gaza y las condiciones extremas en que su pueblo resiste. Lo mismo hace Farsi, desde otra orilla: con más del doble de edad, viviendo entre París y Atenas, parecería estar distante de Fatma. Sin embargo, ambas comparten un pasado marcado por la represión.

A los 16 años, Farsi fue encarcelada por el régimen iraní durante ocho meses, tras esconder a un amigo durante las masacres de 1981. A los 18, se exilió en Francia. Fatma, por su parte, está atrapada en Gaza y vive en una depresión profunda, agravada por la sensación de encierro absoluto. Entre sus sonrisas, sus palabras hablan en pasado. Desde las primeras llamadas con Farsi, deja ver que la muerte es un pensamiento constante: “Estoy tratando de encontrar algo de vida en este lugar muerto”. Explica cómo abrir una ventana puede significar exponerse a morir, y salir a buscar comida equivale a arriesgar la vida. Ante el sonido de helicópteros, que Farsi nota, Fatma responde con naturalidad: “Eso es lo normal. Están aquí para matarnos”.

La urgencia se cuela en cada videollamada: Fatma pierde la señal, se conecta desde casas de familiares, los sonidos de bombardeos atraviesan la pantalla. Cada nuevo contacto es también un recuento: quién murió, qué edificio ya no está, qué calle dejó de existir, cuántos hospitales siguen de pie. Es mostrarle las fotos y nombres de contactos de Whatsapp de familiares que han fallecido, muchos de ellos apenas niños. “Vivimos una vida muy simple, y quieren arrebatárnosla. ¿Por qué? Tengo 24 años y no tengo nada de lo que quiero. Porque cada vez que alcanzas lo que quieres, hay un muro. Ellos ponen un muro”. Sin embargo, esa contención no anula sus deseos. Entre la poesía y la fotografía, Fatma sueña con comer chocolate de nuevo, con viajar como Farsi, con conocer otros países. Pero insiste: no quiere irse. Quiere volver a Gaza, vivir y morir allí. Sumergida en la depresión y acostumbrada al horror aún con esperanza le dice a Farsi que espera el día “en que pueda contarles a mis hijos lo que he vivido y lo que he sobrevivido”.

“No importa lo que nos hagan para destruirnos, o incluso si nos matan, seguiremos riendo y viviendo nuestras vidas. Lo quieran o no, no pueden vencernos”. Ella misma nombra el documental: describe la vida en Gaza como “cada segundo que sales a la calle, pones tu alma en tus manos y caminas”.

Pese a la conexión entre ambas, hay una distancia que se vuelve evidente. En una de las primeras videollamadas, Farsi cuestiona la fe de Fatma e insiste en verla sin el hiyab. Para Fatma, en cambio, ese detalle parece no tener mayor relevancia. Un roce similar ocurre cuando Farsi presiona sobre Hamás y los rehenes del 7 de octubre, impulsando sutilmente una narrativa de dos estados. Pero para Fatma, inmersa en una crisis alimentaria extrema y una ocupación total, la pregunta resulta inocente.

Estas diferencias no interfieren en el vínculo que construyen. Fatma presenta a una amiga y a algunos de sus hermanos en las llamadas, y le comparte constantemente su trabajo fotográfico, que se vuelve cada vez más crudo a medida que la violencia se intensifica.

En su última videollamada, Farsi le da la noticia de que la película ha sido seleccionada para el Festival de Cannes. Entre la alegría de ambas mujeres se abre la ilusión de que a Fatma le otorguen una visa para asistir a la proyección en Francia. Un día después fue asesinada por la IDF junto con gran parte de su familia, en un bombardeo dirigido específicamente contra ella. Su muerte se convirtió en rutina: un poema suyo fue recitado por Juliette Binoche en el Palacio de Festivales de Cannes, y la directora posó con su fotografía en la alfombra roja. La vida sigue, las películas se siguen proyectando, la conversación cinéfila debate la carrera al Óscar, la industria continúa posando en vestidos y trajes, acaparando titulares: el cine no mejora el mundo, a veces lo empeora.

Fatma se manifiesta en la pantalla. Su rostro sonriente, su voz alegre, su trabajo documentando los crímenes del Estado israelí y su esperanza en un futuro posible desafían una narrativa hegemónica que ha deshumanizado a los árabes, criminalizado a los gazatíes y negado, incluso, la existencia del pueblo palestino. Esto último, declarado abiertamente desde 1969 por Golda Meir, entonces primera ministra de Israel.

Edward Said escribió, también, en La cuestión palestina: “He dicho antes que el sionismo siempre habla en nombre de Palestina y de los palestinos; ello ha entrañado una operación de bloqueo, por la que al palestino no se le puede escuchar (o representar) directamente en la escena mundial. Tal como el experto orientalista creía que solo él podía hablar —paternalmente, por así decirlo— en nombre de los ‘nativos’ y de las sociedades primitivas que había estudiado, de modo que su presencia comportaba la ausencia de estos, así también los sionistas hablaban al mundo en nombre de los palestinos”. Una voz y un rostro pueden derrumbar esa narrativa. Fatma da cuerpo a esa masa abstracta que Estados Unidos niega e Israel asesina: Palestina. Porque en su vida está la evidencia de lo que muchos llaman intangible: la existencia de un pueblo que resiste y se niega a abandonar su hogar. Podrá parecer pequeño, pero ella arriesgó su vida por algo más grande: demostrarle al mundo que existen, levantando una cámara para volver el horror innegable, aquello invisibilizado volverlo visible.

Nuestro deber es, por primera vez, no voltear a otro lado. No hablar de otra cosa.

Put Your Soul on Your Hand and Walk
Za’a Rouhak Ala Yadak Wa Emshi
Directora: Sepideh Farsi
Reparto: Fatma Hassona
Fotografía: Sepideh Farsi
Edición: Sepideh Farsi, Farahnaz Sharifi
Productor ejecutivo: Javad Djavahery
Sonido: Pierre Carrasco
Francia, Palestina, 2025, 112 min