CANNES 2026: MINOTAUR DE ANDREÏ ZVIAGUINTSEV

CANNES 2026: MINOTAUR DE ANDREÏ ZVIAGUINTSEV

Por Mónica Delgado

A diferencia del film de Claude Chabrol del cual se inspira, en Minotaur (2026) del cineasta ruso Andreï Zviaguintsev el contexto se vuelve un tamiz por el cual se cuelan las decisiones de los personajes. Si en La femme infidele (1969), la trama se concentra en la totalidad del ámbito de los celos y la evidente desconfianza de una pareja burguesa, aquí aparece la situación de Rusia con Ucrania como si fuera un condimento que modifica la percepción de las acciones de un matrimonio de millonarios en crisis. La guerra se vuelve una cosmovisión que modela la relación con los otros, incluso en temas domésticos donde las clases altas se codean con prospectos de soldados que van a la primera línea como carne de cañón.

La relación entre Minotaur y La femme infidèle se basa en compartir efectivamente el motivo de la infidelidad, sin embargo hay un desplazamiento significativo en el conflicto dramático. Ambos films tratan sobre el plan de seguimiento que realiza un hombre de negocios hacia su esposa, ante sospechas de un amante. En el film ruso, el conflicto de pareja no puede comprenderse solamente desde la psicología de sus protagonistas sino que el contexto de la guerra irrumpe como una fuerza que condiciona la percepción moral de cada decisión. El conflicto entre Rusia y Ucrania se convierte en un dispositivo narrativo que reconfigura el universo de la película. En La femme infidèle, el mundo exterior apenas ejerce presión sobre los acontecimientos en el triángulo amoroso. La puesta en escena que elige Chabrol, de planos muy cerrados y de escenas en su mayoría de interiores, elimina casi cualquier afectación del contexto social para privilegiar una observación clínica de las conductas, enfatizando ese papel de entomólogo de las élites que encarnaba Chabrol al dirigir decenas de películas sobre estos tópicos del film noir. En cambio, en Minotaur, la intimidad resulta inseparable del contexto político. La guerra actúa como un tamiz por el que se filtran las relaciones humanas, y en este caso, desde las clases privilegiadas de la Rusia de Putin. La violencia del marido deja de ser un acontecimiento excepcional para transformarse en una condición cotidiana de las clases sociales que se acomodan a las exigencias monetarias que modifican las escalas de valor. Un entorno donde la confianza social se encuentra erosionada por la vigilancia y la normalización del sacrificio. Y allí, en ese trazo grueso es que el film de Zviaguintsev se va a la porra. Como si el drama amoroso fuera una insignificancia y es necesario meter al fantasma de Putin o Zelenski para hacer al film más asequible a las sensibilidades actuales de la vieja Europa festivalera.

Por otro lado, como sucede en Leviathan (2014) o Loveless (2017), el cineasta ruso elabora un contraste permanente entre quienes pueden preservar una cierta normalidad y quienes son absorbidos por la violencia estatal, religiosa o política. En Minotaur, el conflicto bélico, que afecta de manera homogénea a todos los personajes, genera consecuencias de modo desigual. Mientras unos negocian sus conflictos afectivos desde una posición de privilegio, como en el caso de los protagonistas interpretados por Iris Lebedeva y Dmitri Mazurov, otros apenas aparecen como cuerpos disponibles para sostener el proyecto político del Estado.

La apropiación que realiza Zviaguintsev del film de Chabrol rebaza la idea de trasladar la historia de un clásico francés a un contexto contemporáneo, y se percibe la apuesta por demostrar que una misma estructura dramática produce sentidos distintos cuando cambia el horizonte histórico desde el cual es observada. La premisa es interesante y retadora, pero más allá del aplauso internacional debido al premio especial dado por el jurado en Cannes, lo que el film refleja es una trampa extracinematográfica de doble filo: por un lado, la necesidad de agregar ese contexto político para seguir fortaleciendo la exclusión/inclusión del cine ruso en una situación en la que Europa cultural le ha cerrado prácticamente las puertas a cualquier expresión surgida del país de Putin, y por otro lado, agregar la cínica cuota crítica, para calmar conciencias y pensar de que con estos agregados de contextos se hace un cine abiertamente político desde los márgenes de Rusia, ya sea Francia, Letonia o Alemania.

Dirección: Andrey Zvyagintsev
Guion: Simon Lyashenko, Andrey Zvyagintsev
Producción: Carlos Gillibert, Nathanaël Karmitz, Marco Perego,
Reparto: Iris Lebedeva, Dmitri Mazurov, Varvara Shmykova, Juris Zagars, Anatoliy Beliy
Cinematografía: Mikhail Krichman
Música: Evgueni Galperine, Sacha Galperine
Francia, Letonia, Alemania, 135 min