Por Mónica Delgado
A través de cuatro capítulos, el cineasta ecuatoriano Juan Carlos Donoso Gómez propone en Huaquero un acercamiento al antiretrato. En su segundo largometraje evita los rostros de los personajes cuya labor dan título y sentido al film; elige otra vía para narrar sus memorias, para contar a través de sus manos la naturaleza de su trabajo que requiere silencio e imaginación para contactar con prácticas del pasado. Si bien la película es un acercamiento a la figura del huaquero, más allá del estigma arraigado de verlo como un saqueador de tumbas o sitios arqueológico, el director nos propone una mirada desde el fragmento, el ocultamiento y un tipo de despersonalización como parte de una estética que lidia contra el prejuicio, la revictimización, penalización y culpas producto de procesos coloniales. Utilizando recursos estéticos como el anonimato, la voz in over o la fragmentación, la película se vuelve un gesto crítico frente a los discursos de poder y de representación hegemónica en torno a esta labor y a la percepción del pasado ancestral, puesto que evidencia que la identidad es múltiple y atravesada por factores sociales, políticos y culturales.