Por Mónica Delgado
En algún pasaje de las ocho horas y veinte minutos de Dead Souls, los campos estériles y desérticos de la provincia de Gansu, al norte de China, están compuestos no solo de tierra y plantas secas sino de cráneos y demás osamenta que dan cuenta de las masacres producto de las prácticas de exterminio en los campos de reeducación tras la Revolución Cultural, creados en 1955. Wang Bing, a diferencia de sus otros films, entrega casi todo el metraje a dar voz a los sobrevivientes de estos campos de reeducación, creados con el fin de castigar a los supuestos disidentes del Partido Comunista, militantes de derecha o a ciudadanos que simplemente no mostraban ninguna filiación política.